La mustia Inglaterra y sus títeres imperiales

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Por: Ana María Garduño

La creación de los Estados Unidos y, posteriormente, de Israel, no fueron hechos espontáneos ni guiados únicamente por “ideales ilustrados de libertad y justicia”. Fueron, desde sus inicios, experimentos políticos y económicos cuidadosamente orquestados por poderes que operaban desde la penumbra: banqueros, casas reales europeas, sociedades secretas y clanes familiares cuyo objetivo era establecer nuevos centros de control global.

Entre ellos destacan nombres como Rothschild, Rockefeller, Soros, Morgan, Warburg y otros menos visibles, pero igualmente influyentes. Actores muchas veces vinculados a estructuras como el Club Bilderberg, la Comisión Trilateral o el Consejo de Relaciones Exteriores (CFR). Durante siglos han financiado a prensa, invasiones, guerras hibridas, fundaciones políticas y revoluciones diseñadas, para imponer narrativas de exterminio, allí donde una nación es destinada a la invasión o al golpe de Estado.

Estados Unidos e Israel han funcionado como vehículos de exterminio global, promoviendo derrocamientos de gobiernos, imposiciones económicas y doctrinas culturales que uniformen al mundo bajo un modelo único: el suyo. También se trata de exportar “democracia”, de imponer un sistema de consumo, vigilancia y control. Su sistema financiero basado en la Reserva Federal —entidad privada disfrazada de institución estatal— se convirtió en un instrumento central para esclavizar naciones enteras mediante deuda y dependencia estructural. La independencia, la Constitución, incluso sus guerras más significativas, son acompañadas por la consolidación del capital, el control de territorios estratégicos y, sobre todo, la colonización mental.

Su arma más poderosa ha sido la ilusión: la ilusión de libertad, la ilusión del sueño americano, la ilusión del progreso. Detrás de esas cortinas, la maquinaria opera sin descanso, utiliza cada conflicto y cada crisis como escalones para su propio beneficio: el asesinato, el control mundial de las drogas y el terror.

Estados Unidos se consume en su contradicción: fue construido para destruir, pero en ese proceso ha comenzado a autodestruirse, al igual que Israel. Estos experimentos han fracasado, hartaron a la humanidad. Y en esta caída, quieren arrastrar consigo a sus enemigos, cueste lo que cueste. En fin, quién detendrá a este par de orates. ¿sus propios ciudadanos? a quienes atacan sin el menor recato, pisoteando sus derechos humanos. Se han convertido en víctimas de sus dirigentes enloquecidos de poder, y que hoy atacan sin recato los derechos de su propio pueblo, a quien no dudaran en sacrificar para mantener un poderío que ya no existe, que se ha desmoronado. Lo único que les queda es la locura y la paciencia de sus víctimas, que en silencio comienzan a acumular la fuerza de la insurrección. Ya sin piedad, estos dirigentes de Estado se han convertido en caricaturas sangrientas: un orangután naranja que juega a ser el mesías entre hamburguesas y discursos de odio, y un Letalyahu que posa como caudillo eterno mientras sostiene su poder sobre montañas de cadáveres palestinos, de pueblos originarios, de iranies, de niños, de… En fin, a estos dos payasos psicópatas, el mundo entero los observa entre el asco y la risa amarga, porque hasta en su delirio autoritario parecen inflables a punto de reventar.

Entender esta historia no es alimentar la paranoia, es abrir los ojos ante una realidad documentada: el imperio y su apéndice colonial ya no gobiernan con tantas mentiras, ahora gobiernan con parodias de poder. El orangután naranja y Letalyahu son el espejo grotesco de un sistema que se cree inmortal, pero que ya vive de respiradores. Ante este espectáculo macabro, la pregunta inevitable es: ¿Qué hará el resto del mundo frente a esta cínica, abusiva y sangrienta puesta a escena, donde un par de orates se autoproclaman dueños de la civilización?

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