Michoacán: el país dentro del país: una puesta a escena para el público nacional, un laboratorio de la resistencia… y de la manipulación

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Por Ana María Garduño

Queridos lectores, espero conseguir un guion claro donde podamos ir presenciando la línea teatral, la metáfora de la obra, los personajes, sus directores enloquecidos y la sombra del “adorable Trump” como productor ejecutivo del caos. Trataré de mantener mi tono y una estética narrativa, de esta gran obra macabra llamada Michoacán: el país dentro del país, los directores no están escondidos: se pavonean entre bambalinas como si fueran genios creativos, cuando en realidad apenas sostienen los hilos. Son los titiriteros del desastre. Claudio X. González, con su sonrisa de heredero ilustrado y su alma de junior tóxico, funge como el maestro de casting: selecciona, pule, corrige y moldea a los jóvenes como si fueran extras de una película de propaganda barata. Los mira con ternura de orfebre, pero con la frialdad de quien ve en ellos solo carne para su próxima batalla electoral. Él dirige con el método Alazraki: “miente hasta que te crean, y si no te creen, miente más fuerte”.

A su lado, emergiendo como un personaje que jamás debió salir del inframundo político, aparece Roberto Madrazo Pintado: el villano que cree ser intelectual. Vuelve desde su cloaca con el porte de un profesor de ética que nunca tuvo, convencido de que aún puede impartir doctrina a los jóvenes mientras arrastra el hedor de su pasado. Madrazo es el director de actores traumados: enseña a sus jóvenes pupilos de Creemos MX a justificar la corrupción, a ver en la trampa un talento, y en la mentira un estilo de vida. Es el tutor perfecto para un drama donde lo verdadero estorba y lo falso brilla.

Sobre el escenario aparece también C. Alfonso Jesús Martínez Álcazar, alcalde de Morelia, ese actor “principal del reparto, donde nos escenifica su papel de político respetable, pero su actuación revelará otra cosa: un hombre que quiere posar como estadista mientras hace guiños al caos que lo sostiene. Y Mauricio Tabe, ese heredero del filo fácil y la ética flexible, funge como el encargado de coreografías: enseña a los jóvenes cómo mover los brazos y agitar las manos mientras sostienen grandísimos y afilados cuchillos, también les enseña vocalización, cómo modular la voz para fingir indignación, cómo parecer “cívicos” mientras financian campañas de lodo, cómo hablar de democracia mientras operan en la anarquía. Su dirección es torpe pero entusiasta, como quien no entiende la obra, pero aun así, se empeña en dirigirla.

Y allá arriba, en el palco presidencial del teatro, a veces durmiéndose a veces riéndose, con la boca llena de resentimiento y hamburguesas, está él: el adorable Trump. El productor ejecutivo. El magnate que ve en Michoacán un set experimental para probar sus viejas obsesiones: militarizar, dividir, someter, bukelizar territorios que no le pertenecen. A Trump no le interesa la humanidad: le interesan los laboratorios sociales donde puede probar su fantasía imperial de orden y castigo. Desde lejos aplaude cuando no termina en brazos de Morfeo, cada escena de caos, cada estallido emocional inducido, cada mentira convertida en verdad temporal. Para él, Michoacán no es un estado: es un proyecto piloto.

Pero la obra no sería posible sin el coro griego de la prensa mercenaria, de esos hermosos españolitos, narradores y mainatos digitales de percepciones que venden la verdad al mejor postor. Ellos son los encargados de amplificar los gestos de los protagonistas, de ocultar los cables, de hacer pasar por espontáneo lo que ha sido ensayado cien veces. Convertir a Manzo en héroe fue una de sus mejores ideas: un montaje nacional donde todos los actores sabían que estaban mintiendo, pero actuaban como si representaran una tragedia griega. Hoy, cuando la verdad se filtra como luz entre las tablas rotas, esos mismos medios se deslindan, se esconden o se muestran con tal cinismo que son capaces de amenazar con sus elucubraciones hasta a la propia presidenta de México.

Y mientras el público mira la obra creyendo que es realidad, detrás del telón, entre bambalinas operan los verdaderos directores: agentes estadounidenses, consultores de guerra híbrida, operadores de la DEA, milicias privadas financiadas por intereses que sueñan con convertir Michoacán en El Salvador tropicalizado, un estado-cárcel, un experimento de control poblacional. Ellos escriben las escenas, asignan los roles, dictan los tiempos. Y los políticos reciclados; los mismos rostros de siempre, aceptan el libreto sin cuestionarlo. Después de todo, el crimen organizado no sólo dispara: también organiza percepciones, compra micrófonos, fabrica héroes y demoniza adversarios.

Esta obra en su segundo acto, no busca entretener: busca que el público olvide quién es el verdadero autor del desastre, que el tono exacto del montaje: chantajista, manipulador, irónico, teatral, tenga ese filo tan lastimoso de resignación, que no orille a los personajes que serán sacrificados a gritar: ¡Traición! Uno de ellos es la señora Quiroz. Ah, Grecia: la heroína trágica de este drama provinciano, tan aclamada y protegida por un pueblo conmocionado, por el asesinato del “héroe”: Manzo, su gran amor, su gran hombre, su gran mito de prensa, que no le dejó ni una casa, ni un seguro, ni un patrimonio, ni siquiera la dignidad jurídica de un matrimonio. Le dejó, eso sí, un puesto administrativo desde el cual ella, eso sí hay que reconocérselo, le manejaba todo sus negocios con precisión quirúrgica. Mientras el alcalde presumía una novia por aquí y otra por allá, como si el pueblo fuera su pasarela privada, ella paría hijos y esperanza. Amor puro, dicen… Amor noble. Amor de una mujer que le entregó su vida a un hombre que nunca estuvo dispuesto a entregarle la suya.

Ojalá ese amor tan sublime sirva de algo ahora. Ojalá Grecia Quiroz encuentre la fuerza, y las asesorías legales pertinentes, para exigir la manutención que le corresponde por derecho. Estoy segura, absolutamente segura, de que el buffet de abogados de Claudio X. González, siempre tan solidario y humanista, estará encantado de ayudarla. Faltaba más: si se dedican a defender empresarios evasores, operadores mediáticos y políticos desahuciados, ¿cómo no van a defender a una viuda no reconocida? Sería el colmo de la ingratitud.

Y tampoco olvidemos al otro actor de este lindo espectáculo tan sentimental: Carlos Bautista, el diputado del cadáver útil. El hombre que, con una rapidez admirable, se autoproclamó heredero del “movimiento del sombrero” y discípulo del “Bukele tropical”. Un personaje shakesperiano, sí, pero de los secundarios: esos que confunden aplausos artificiales con liderazgo real. En teoría, también podría recibir ayuda del bondadoso Claudio X. Si en su rancho siguen apareciendo más osamentas, detalle menor, sin duda, tal vez el mismo team jurídico que defiende a prófugos fiscales pueda darle una manita también, para que las cosas no se le compliquen demasiado.

Ambos fueron, sin duda, aplaudidos con entusiasmo en la primera etapa del segundo acto de la obra. Eran los favoritos del público manipulado, los niños prodigio del montaje mediático, los mártires improvisados de una tragedia que nunca entendieron. Pero ahora que las confesiones brotan, que las verdades se asoman entre las grietas, que las máscaras empiezan a resbalar… la producción ya está reconsiderando sus roles. Ojalá no los manden a la empolvada bodega, como muñecos desechados, envasijados, que sólo serán reciclables en caso de emergencia o como utilería de relleno. Porque, créanme, la obra apenas comienza.

Al fin de este segundo acto, y para culminar el tercer acto, como siempre ocurre en los teatros de la vieja política acaparará la escena el flamante Presidente Municipal de Morelia, el verdadero beneficiario de esta luminosa y retorcida puesta en escena. Él ahora se encuentra en el escenario, pero en un mutis total, ¿acaso alguien logra verlo? Llegará pronto con iluminación propia, micrófonos abiertos, con cámaras listas. Los demás serán sombras. Él será el protagonista del caos, de las encuestas compradas para gobernar. Espere el público la tercera parte. Mientras, veremos mucha pirotecnia.

La función continúa.

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