EE. UU. y el Imperio de la Droga: la Historia Oculta del Verdadero Señor del Narco

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Por: Ana María Garduño.

El origen de la mentira se consolidó, cuando el imperio norteamericano aprendió a dominar con droga. La historia del narcotráfico moderno no comienza en Colombia, ni en México, ni en Asia. Comienza con el Imperio Británico, cuando descubrió que la droga podía ser un arma estratégica más poderosa que cualquier cañón. En los siglos XVIII y XIX, Gran Bretaña inundó China de opio para doblegarla, destruir su estabilidad interna y abrir sus puertos por la fuerza. Millones de chinos fueron convertidos en dependientes, debilitando la estructura social del imperio del Medio Oriente. Cuando China intentó detener la invasión silenciosa, Londres respondió con barcos de guerra. Las Guerras del Opio fueron la primera gran operación global de narcotráfico patrocinado por un Estado.

Estados Unidos aprendió muy rápido la lección. Empresas estadounidenses, como Russell & Company, vinculada a las familias Forbes y Delano (ancestros de Franklin D. Roosevelt), participaron activamente en el contrabando de opio hacia China. El modelo británico fue estudiado, imitado y perfeccionado. Ahí nace el verdadero rostro del imperio contemporáneo: la droga como arma, como negocio y como instrumento de control militar e internacional. En la guerra contra Vietnam, EU utilizó la adicción como dispositivo militar, convirtió el consumo de drogas en parte de su maquinaria bélica desde muy temprano. Durante la Guerra Civil (1861–1865), miles de soldados norteamericanos se volvieron adictos a la morfina y al opio, que les eran administrados por los médicos militares. El Estado descubrió entonces algo fundamental: un soldado dopado es un soldado obediente, funcional, desensibilizado ante el horror. Desde ese momento, cada guerra estadounidense llevó consigo un arsenal químico silencioso:

• Primera Guerra Mundial: uso sistemático de cocaína y morfina para mantener despiertas a las tropas europeas y estadounidenses.

• Segunda Guerra Mundial: distribución masiva de anfetaminas a soldados aliados y del Eje.

• Vietnam: heroína, marihuana y estimulantes convertidos en rutina diaria.

• Panamá, Irak, Afganistán: protocolos de dopaje para operaciones prolongadas y control psicológico.

Los soldados volvían a su país convertidos en adictos; y entonces el Estado los descartaba. Las guerras terminaban, pero la epidemia de drogas nacida en los cuarteles inundaba la sociedad civil. El consumo interno de Estados Unidos no fue un error ni una consecuencia indeseada. Fue la herencia estructural de una política militar basada en la anestesia moral y el control químico.

la cuna del crimen organizado… con padrino gubernamental, inició internamente con la prohibición del alcohol en 1920, y que no redujo el consumo, pero sí creó uno de los fenómenos más importantes del siglo XX:

• la alianza entre el gobierno estadounidense, sus corporaciones financieras y el crimen organizado.

• Mientras las mafias italoamericanas, irlandesas y judías consolidaban sus imperios, el Estado estadounidense aprendía algo clave.

• la ilegalidad generó mercados enormes que eran administrados con inteligencia (DEA, CIA, FBI), corrupción y guerra controlada.

• Esta experiencia sería aplicada más tarde, al opio, la cocaína, la heroína, las anfetaminas y el fentanilo.

• Las pandillas internas: Crips, Bloods, MS-13, se convirtieron en sus distribuidores de un flujo químico que nunca dejó de tener una ruta central, bajo la mirada atenta de sus inmaculadas agencias que jamás han sido inocentes.

Para financiar las guerras sucias, la CIA entró a escena, administrando la venta, distribución y control mundial de las drogas. En los años setenta y ochenta, Estados Unidos descubrió el arma perfecta, financiando operaciones encubiertas mediante el tráfico internacional de drogas. Gary Webb, el famoso periodista norteamericano, lo documentó meticulosamente en Dark Alliance (1999) y eso le costó la vida. El FBI dijo que se suicidó con dos balazos en la cabeza. La CIA permitió la entrada de toneladas de cocaína desde Centroamérica para financiar la guerra de los “Contras” en Nicaragua. Esa cocaína terminó convertida en crack, devastando comunidades afroamericanas y latinas. Mientras tanto en E.U. se perseguía a jóvenes negros por posesión. Se culpaba a México por el tráfico, y se escondía la responsabilidad de Estados Unidos que orquestó, permitió, y protegió la operación conocida como los Irán contras.

Estados Unidos perfeccionó un narcomodelo imperial donde al consumo masivo interno lo convirtieron en su excusa moral para invadir, disciplinar o manipular a otros países, pero nunca para mirarse al espejo: Irán–Contras fue sólo el instante en que el telón se rasgó y dejó ver el mecanismo entero. Mientras Washington declaraba una “guerra contra las drogas”, la CIA permitía que toneladas de cocaína entraran por la puerta trasera a Los Ángeles para financiar a los Contras en Nicaragua, inundando de crack los barrios afroamericanos que después serían criminalizados por la propia ley estadounidense. La DEA, convertida en un administrador global del mercado prohibido, siempre ha intervenido selectivamente, cerrando rutas que ya no sirven y abrir otras más útiles para sus intereses geopolíticos. Ese patrón de permitir, facilitar, usar, después culpar, se ha extendido hacia el mundo. Nunca “combatió” al narco: lo administró. Lo dirigió. Lo reguló como un negocio geopolítico. Como el imperio químico del Norte: consumidor número uno, y productor silencioso. Estados Unidos es, desde hace décadas, el principal consumidor de cocaína, heroína, metanfetamina, fentanilo y marihuana del planeta. También ha sido uno de los principales productores de anfetaminas y marihuana, y un actor clave en la distribución mundial de precursores químicos.

Los números no dejan lugar a dudas. Ningún mercado del mundo se acerca al tamaño del estadounidense. Ninguna mafia puede sobrevivir sin su demanda. Ningún cártel puede crecer sin su dinero. Y ningún país ha utilizado la droga con mayor cinismo político, mientras acusa a México, Colombia o Afganistán, etcétera de narcogobiernos. Estados Unidos vive de una industria ilegal que él mismo alimenta, regula y protege. Históricamente, ha sido un gran consumidor de drogas, y un actor clave en su producción y distribución global. Para potencias como E. U., el uso de estas sustancias dejó de ser una medida médica y se convirtió en una sofisticada arma estratégica. Así, la instrumentalización de los cuerpos y mentes de sus ciudadanos y soldados, refleja hasta qué punto los intereses militares y económicos están dispuestos a sacrificar la humanidad en nombre del poder.

Para Estados Unidos, México ha sido tres cosas: territorio de extracción, zona de sacrificio, laboratorio de guerra química y social. De ser un territorio codiciado pasó a ser su laboratorio narco-estratégico, al igual que lo hicieron con Colombia. Desde los años 40, Washington moldeó el mapa criminal mexicano mediante presión diplomática, infiltración de agencias, protección selectiva de ciertos capos, usándolo como muro químico para contener, o liberar drogas, según su propio interés geopolítico. Financió y creó su imperio de las drogas en Sinaloa, México; especialmente en Culiacán, a quien le ha embarcado este cínico legado en el mundo. Cuando Japón acaparó la producción mundial de opio durante la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se enfrentó a una encrucijada ante la escasez crítica de opio y sus derivados, necesarios para la producción de analgésicos como la morfina, suministro crucial para la aplicación a sus soldados heridos en batalla.

El Pentágono tenía que garantizar este abastecimiento para mantener su supremacía en la guerra, así que no dudaron en voltear hacia el sur, hacia México, donde la fertilidad de las tierras de Sinaloa y la abundancia de los once ríos en Culiacán ofrecían las condiciones ideales para el cultivo de adormidera y marihuana. En 1940 se firmaron los acuerdos entre Estados Unidos y México, para la siembra de estos estupefacientes, ambos países legitimaron documentos que se encuentran en el Archivo General de la Nación, archivos históricos que se publicaron en la Enciclopedia de México (1.ª edición, tomo 2, 1940). Comenzó una era de complicidades que fue tolerada por el gobierno federal mexicano, e impulsada y financiada por el gobierno de los Estados Unidos.

Este tratado transformó para siempre el paisaje y la cultura de la sierra sinaloense, sembrando las semillas de la ilegalidad, de la explotación entre sus pobladores y posteriormente en el país. Estados Unidos, mientras tanto, mantuvo su doble discurso: públicamente se erigía como defensor de la moralidad, pero en las sombras creaba las condiciones, alimentando al fenómeno que décadas después manipula como una amenaza mundial. Aunque el acuerdo parecía ser una solución temporal a una crisis de guerra, las consecuencias de esta decisión se extendieron mucho más allá del conflicto bélico. Estos acuerdos legítimos y documentados reflejan una colaboración bilateral, acuerdos que posteriormente darían pie a dinámicas más ocultas y complejas en el control y producción de estas sustancias. Bajo la supervisión del gobierno mexicano y con apoyo administrativo, técnico y financiero de Estados Unidos, claro es, sin mencionar explícitamente términos como narcotráfico, la siembra, producción y distribución fue monitoreada y dirigida, bajo la mirada de agencias precursoras como la CIA y la DEA.

Las bases en la dinámica de producción y control de estupefacientes quedaron así firmemente asentadas. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, “oficialmente” la demanda de opioides disminuyó en el ámbito militar, y como el circo ya estaba armado en Culiacán, las redes de producción establecidas, los agricultores de las serranías y comunidades que habían sido empleadas para la siembra y cuidado de estos cultivos, transitaron hacia un mercado ilícito. Se creó toda una cultura, explotación y modo de vida para aquellos pobladores, bajo la complicidad de ciertos sectores gubernamentales mexicanos, lo que permitió que estas dinámicas se perpetuaran especialmente en Sinaloa y Guadalajara.

Existen investigaciones y teorías sobre la complicidad de altos funcionarios, fuerzas de seguridad e instituciones estadounidenses que dirigían la entrada de drogas al país a cambio de intereses geopolíticos. Se señalan varios nombres, agencias y estructuras. Aunque muchas de estas acusaciones no han sido completamente aceptadas en sus tribunales, están respaldadas por documentos desclasificados, testimonios y el trabajo de periodistas. Este maldito mecanismo de dominación continental, es la verdad que el discurso oficial oculta. Esta es la verdad que el pueblo de México ha pagado con sangre. Y este es el mensaje de un artículo que revela, que contiene una verdad que no podrá ser ignorada: ¿Quién es el verdadero dueño del carte l de Sinaloa?

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