Por: Ana María Garduño.
La próxima reforma electoral marcará una línea divisoria en la historia política de México. No será una reforma técnica ni administrativa: será una prueba moral. Una frontera clara entre quienes dicen acompañar la transformación y quienes, en realidad, sólo la han usado como plataforma de negocios, cargos y sobrevivencia. En ese punto exacto se encuentran hoy el Partido Verde Ecologista de México y el Partido del Trabajo. “Aliados estratégicos” que sobreviven como rémoras: partidos que jamás destacarían en estos tiempos por sí mismos, porque son parásitos que se han adherido a un cuerpo mayor para avanzar, estos chupasangre fortalecen su crecimiento, y su fuerza sin mover un solo músculo.
El PT y el Verde han crecido artificialmente, no por convicción popular, ni por aportar programas sólidos, ni por una identidad ideológica reconocible. Crecieron gracias a Morena, por su arrastre social, su legitimidad histórica y al capital político construido por millones de mexicanos organizados en un movimiento, no en un partido tradicional. Estos partidos compiten solos donde saben que pueden ganar. En el resto del país, se cuelgan de Morena. Exigen alcaldías, diputaciones, senadurías y hasta gubernaturas que no podrían conquistar sin alianza. Así, elección tras elección, han convertido la coalición en un sistema de reparto, no en un frente de transformación.
Y aquí hay que decirlo con claridad: sí, Morena es parcialmente responsable. Porque nació como movimiento amplio, incluyente, generoso. Porque priorizó derrotar al viejo régimen antes que depurar aliados. Pero esa etapa ya terminó. Hoy Morena gobierna, hoy Morena tiene mayoría social, hoy Morena tiene liderazgo nacional. Y lo que antes fue comprensión histórica, hoy empieza a parecer tolerancia al oportunismo.
La reforma electoral que impulsará la presidenta Claudia Sheinbaum el próximo año, evidenciará el momento de la verdad. Esta reforma electoral no es un capricho ni una ocurrencia. Es una exigencia democrática largamente postergada, que contiene las desaparición de la impunidad y del negocio de las plurinominales, disminución de prerrogativas excesivas, y el fin de partidos que viven del presupuesto sin representar al pueblo. Por eso el nerviosismo. Por eso las amenazas veladas. Por eso los amagos de ruptura. El PT y el Partido Verde saben que sin plurinominales y sin subsidios inflados, su tamaño real queda al descubierto. Saben que su 2% en encuestas no alcanza para sostener aparatos burocráticos, dirigencias eternas y proyectos familiares. Y saben, sobre todo que, sin Morena, su futuro es incierto.
El caso del Partido Verde es especialmente grave, desde sus inicios ha operado como un parasito; siempre brincando del oportunismo al cinismo, cruzado líneas éticas que lo colocan abiertamente del lado contrario a la transformación. Hoy San Luis Potosí concentra, con nitidez, el verdadero rostro del Partido Verde, este grupo político gobierna el estado, encabezado por el gobernador Ricardo Gallardo Cardona, quien ha operado abiertamente para convertir el poder público en patrimonio familiar. La promoción sistemática de su esposa, la senadora Ruth Miriam González Silva, como su eventual sucesora, revela una lógica de dinastía, no de democracia. Para sostener ese proyecto, el Verde presionó a nivel nacional para frenar y posponer la reforma contra el nepotismo hasta el 2030, no por razones jurídicas, fue para proteger un interés privado: la continuidad de un grupo familiar enquistado en el poder estatal.
Este partido despliega la defensa abierta de intereses como los de Ricardo Salinas Pliego, uno de los símbolos más claros del viejo poder económico que saqueó al país y hoy sueña con reciclarse como opción presidencial “antisistema”. Que el Verde coquetee con ese proyecto no es casualidad: es coherente con su historia. Nunca fue un partido ambientalista, nunca fue un partido social. Fue, desde su origen, un negocio electoral.
El PT, por su parte, ha construido una narrativa de “aliado histórico” que hoy utiliza el chantaje permanente como moneda de cambio. La amenaza es clara: si no hay candidaturas, si no hay cuotas, si no hay flexibilidad a su favor, entonces condicionan su apoyo a la reforma electoral. Eso no es lealtad. Eso es chantaje político. Una reforma pensada para fortalecer la democracia no puede estar sujeta a las exigencias de partidos cuya sobrevivencia depende precisamente de lo que la reforma busca corregir.
Este artículo no es un llamado a la ruptura por capricho. Es una advertencia necesaria. Si el PT y el Partido Verde: no apoyan la reforma electoral, la condicionan a posiciones, o deciden irse con el PRIAN o Movimiento Ciudadano, que se vayan. Pero que se vayan de verdad. Que Morena rompa la alianza a nivel nacional, sin excepciones estatales, sin acuerdos bajo la mesa, sin reciclajes futuros. Porque el pueblo no necesita partidos parásitos. Porque la transformación no puede seguir cargando lastres. Porque la democracia no se fortalece sosteniendo negocios políticos disfrazados de pluralidad. Morena no necesita rémoras para ganar. Las rémoras sí necesitan a Morena para existir. La reforma electoral será el momento de la verdad. Y ahí, cada quien quedará exactamente donde pertenece.
La transformación no se sostiene sólo con victorias electorales; se sostiene con liderazgo, con dirección política clara y con criterio moral al momento de decidir quién representa al pueblo. Cuando ese liderazgo falla, cuando la conducción se vuelve tibia, errática o ausente, las consecuencias no tardan en aparecer: proliferan los oportunistas, se cuelan los parásitos y el proyecto comienza a erosionarse desde dentro.
Hoy, Morena atraviesa un momento delicado. No por falta de respaldo popular, es por falta de una conducción firme. La dirigencia nacional tiene la obligación histórica de entender que no todo el que levanta la mano merece ser candidato, y que no todo el que se acerca al movimiento lo hace por convicción. Si las bases, los consejos y las estructuras territoriales no ponen un alto, Cuando se dice que Morena corre el riesgo de convertirse en aquello que juró combatir, no es una metáfora exagerada: es una advertencia concreta. El viejo régimen no se sostuvo sólo por la corrupción abierta, se sostuvo por una práctica sistemática que hoy amenaza con reproducirse bajo otros colores: la normalización de lo impresentable en nombre de la “rentabilidad electoral”.
Durante décadas, el PRI y sus satélites justificaron la postulación de personajes corruptos, autoritarios o socialmente repudiados con un argumento tan cínico como eficaz: “no nos gusta, pero gana”. Esa lógica convirtió la política en un mercado de cuotas, donde el mérito, la ética y la trayectoria social fueron sustituidos por el cálculo inmediato. Los resultados están a la vista: descrédito institucional, cinismo ciudadano y un divorcio profundo entre partidos y pueblo. Hoy, ese mismo razonamiento empieza a asomar peligrosamente dentro de Morena. Cuando se aceptan candidaturas de personajes sin arraigo social, con antecedentes cuestionables o con un rechazo evidente en sus comunidades, bajo la excusa de que “jalan votos”, “tienen estructura” o “aportan recursos”, se reproduce exactamente el esquema que el movimiento prometió erradicar. Se cambia el proyecto por la aritmética, la transformación por la suma mecánica de intereses.
Esta práctica tiene consecuencias graves. Primero, desmoraliza a la base militante, que ve cómo años de trabajo territorial son desplazados por figuras recicladas del viejo sistema. Segundo, rompe la confianza del electorado, que percibe incoherencia entre el discurso y la acción. Y tercero, abre la puerta a la captura del partido por grupos que no creen en la transformación, pero sí en el poder como botín. Aceptar a personajes funestos no fortalece a Morena: lo debilita desde dentro. Porque esos actores no llegan a servir al proyecto, llegan a servirse de él. Una vez dentro, exigen posiciones, protegen intereses privados y negocian reformas fundamentales. Así, el partido deja de ser instrumento del pueblo y comienza a parecerse peligrosamente a las estructuras que antes denunciaba.
La ecuación electoral de corto plazo, “ganar hoy a cualquier costo”, es una trampa histórica. Los movimientos que caen en ella pueden ganar elecciones, pero pierden el alma. Y cuando un movimiento pierde su identidad ética, su destino ya no lo define el pueblo, lo definen los pactos cupulares y los intereses que lo secuestran. Por eso el riesgo es real: si Morena normaliza el reciclaje de personajes rechazados por el pueblo, si sacrifica la coherencia por la suma aritmética, dejará de ser una fuerza de transformación para convertirse en una versión corregida del viejo régimen. No por imposición externa, será por decisiones internas mal tomadas.
La historia es implacable con los proyectos que olvidan su origen. Morena aún está a tiempo. Pero el tiempo se agota cuando el cálculo sustituye a la convicción y el liderazgo renuncia a poner límites. Morena corre el riesgo de convertirse en lo que juró combatir: en un partido que recicla personajes funestos, impresentables y rechazados por el pueblo, sólo porque “suman”. El mecanismo de selección y sorteo de candidaturas no puede convertirse en una tómbola moral donde entren por igual luchadores sociales y parásitos profesionales del poder. Cada decisión equivocada tiene un costo: desmoviliza a la base, confunde al electorado y abre grietas que luego son explotadas por la oposición. La historia política es clara: los movimientos no caen por ataques externos, caen por errores internos y liderazgos débiles.
En este contexto, la presidencia nacional del partido ha mostrado una conducción frágil, sin carácter ni dirección robusta. Al pueblo de México no se le ha transmitido seguridad, ni firmeza, ni horizonte político. Las apariciones públicas de Luisa María Alcalde han sido casi espectrales: discursos sin densidad, sin postura clara, sin definición estratégica. No hay narrativa que convoque, no hay señal de autoridad que ordene, no hay liderazgo que marque límites. Y cuando la dirigencia no dirige, otros ocupan el espacio: los grupos de presión, los aliados incómodos, los partidos rémora, los aspirantes sin legitimidad social. El resultado es un viacrucis político innecesario, una marcha cuesta arriba provocada no por el pueblo, será provocada por la ausencia de un liderazgo real.
La dirigencia nacional de Morena, debe mirar con lupa a quién aceptan, a quién legitiman, a quién colocan en la boleta. Escuchen a las bases, respeten a los territorios, entiendan el hartazgo social frente a los mismos rostros de siempre. La transformación no puede ser encabezada por quienes representan exactamente lo que el pueblo quiere dejar atrás. Si las bases no toman cartas en el asunto, si los consejos no se plantan con dignidad, Morena corre el riesgo de atravesar el viacrucis más severo de su historia, no por falta de apoyo popular, será por la escasez de líderes a la altura del momento histórico. Y eso, sería una traición imperdonable a millones que creyeron, y aún creen, que consolidar la fortaleza de nuestro querido México, es posible.

