Por: Ana María Garduño
Hoy voy a hablar con el peso que merece, sin alfombras rojas, sin eufemismos y sin cobardía moral. Lo que hoy siente una parte enorme del pueblo de México no es confusión ingenua: es indignación legítima. Indignación de ver cómo, frente a actos de fuerza, amenazas abiertas y violaciones evidentes al derecho internacional, muchos opinadores prefieren suavizar al agresor antes que orientar con justicia a la gente. Eso no es prudencia: es complicidad simbólica.
El miedo que hoy circula no nace de la nada. Nace de observar un mundo donde el poder militar vuelve a hablar más fuerte que la ley, donde un hombre con un largo historial de procesos judiciales, acusaciones graves y desprecio abierto por las normas internacionales es tratado por ciertos medios como si fuera un estratega audaz y no un factor de caos. El pueblo percibe esa incongruencia con claridad: cuando el criminal es poderoso, se le justifica; cuando el débil resiste, se le condena. Y esa doble vara no pasa desapercibida.
La indignación también es comprensible porque la población quiere información y orientación ética. Quiere saber qué es justo, qué no lo es, qué es propaganda y qué es realidad. Cuando el discurso público se refugia en tecnicismos fríos y evita nombrar la injusticia por su nombre, la gente siente abandono. Y ese abandono es peligroso, porque deja espacio al miedo, a la rabia sin cauce y a la manipulación.
Decirlo con claridad es un acto de respeto: amenazar países, normalizar la intervención militar, hablar de anexiones, burlarse de la soberanía ajena y usar el terror como herramienta política no es fortaleza, es decadencia del poder. El imperio que necesita intimidar constantemente es un imperio que ya no convence. Y eso, aunque suene duro, es un dato histórico, no una consigna.
Ahora bien, y esto es esencial para devolverle suelo firme al pueblo: México no está indefenso ni está solo, ni está condenado. Nuestro país no es un botín aislado. Tiene peso demográfico, territorial, económico, cultural y geopolítico. Tiene una historia de resistencia que no se basa en la estridencia, se basa en la dignidad sostenida. Y tiene algo que hoy es clave: un pueblo que observa, que piensa y que ya no traga narrativas prefabricadas con facilidad.
Por eso es tan importante saber qué hacer y qué no hacer: No repetir mentiras ni videos diseñados para provocar pánico. No engancharse con provocadores cuyo objetivo no es debatir, es humillar y dividir. No caer en la lógica del insulto, porque el insulto es el lenguaje del que ya perdió argumentos. La guerra moderna no empieza con tanques: empieza con confusión emocional. Y resistir hoy también significa conservar la calma, la claridad y la dignidad en la palabra.
Al mismo tiempo, no confundamos calma con sumisión. Tranquilidad no es silencio. Tranquilidad es saber quién eres, dónde estás parado y qué valores no negocias. El pueblo de México no tiene por qué aplaudir a quien viola la ley internacional, ni justificar al agresor para parecer “moderado”. La moderación moral no consiste en blanquear el abuso, consiste en denunciarlo sin perder la humanidad.
Tenemos tantas certezas que debemos repetirnos hasta que se nos tatué en el pecho colectivo: El miedo paraliza; la comprensión fortalece. La indignación sin rumbo quema; la indignación con conciencia organiza. México no necesita gritar para ser fuerte. Necesita pensar con cabeza fría y corazón firme. Necesita ciudadanos que no se dejen arrastrar por la narrativa del terror, pero tampoco por la anestesia de la falsa neutralidad. Necesita un pueblo que recuerde que la soberanía se defiende con ejércitos, y con conciencia colectiva, con memoria histórica y con unidad ética.
Y algo que quiero recalcar con toda claridad, porque me lo han pedido y es justo: es que no estamos solos, no estamos equivocados por sentir lo que sentimos, y que no estamos obligados a creerles a quienes le ponen flores al poder criminal. Dudar de esas narrativas no es radicalismo; es lucidez. Este es un momento para afirmarse, no para encogerse. Para pensar, no para repetir. Para cuidar al país desde la conciencia, no desde el miedo.
Donald Trump ha construido su discurso político internacional sobre la lógica de la intimidación. Cuando habla de usar al ejército estadounidense contra México bajo el pretexto del narcotráfico, no está formulando un plan estratégico viable, está activando un lenguaje diseñado para su base electoral: un electorado educado durante décadas en la idea de que los mexicanos somos una amenaza, que nuestra frontera, es una frontera fallida y la causa externa de los problemas internos de los estadounidenses.
Trump no opera como estratega del imperio, opera como amplificador de su ansiedad. Dice en voz alta lo que sus halcones del poder prefieren ejecutar de forma indirecta. Tenemos que entender que, para el sistema estadounidense, iniciar una guerra contra México, no depende de la voluntad presidencial. El Pentágono, los grandes capitales financieros, el Congreso y los aparatos de inteligencia conocen perfectamente el costo real de una agresión directa contra México. Y ese costo no es militar: es estructural y no van a correr el riesgo de iniciarlo.
Para Trump, iniciar una invasión directa sería un suicidio estratégico. México no es un país periférico dentro del sistema estadounidense; es una pieza central de su economía real. Es su principal socio comercial, un eslabón indispensable de las cadenas productivas que sostienen millones de empleos en Estados Unidos. Una invasión militar implicaría el colapso inmediato del comercio bilateral, una crisis inflacionaria interna, disrupciones logísticas masivas y una inestabilidad social de consecuencias imprevisibles al norte y al sur de la frontera.
Desde el punto de vista militar, ocupar México sería una empresa larga, costosa e imposible de legitimar. Desde el punto de vista político, significaría dinamitar cualquier pretensión de liderazgo hemisférico. Desde el punto de vista geopolítico, abriría espacios inmediatos para la entrada de actores como China y Rusia en la región. Sería, en términos imperiales, ganar una batalla simbólica para perder el control del sistema que se pretende preservar.
Existe una guerra de presión sin invasión. Cuando la invasión directa es improbable, la agresión indirecta es una realidad constante. Estados Unidos no necesita tanques cuando dispone de instrumentos más eficaces y menos visibles: operaciones de inteligencia, presión financiera, guerra mediática, criminalización del Estado, financiamiento de redes violentas y uso selectivo del derecho como herramienta de intervención.
Esta forma de guerra no busca ocupar territorio, busca erosionar soberanías. No pretende derrotar ejércitos, busca fracturar sociedades. Es una guerra sin declaración formal, sin responsabilidad política directa y sin imágenes espectaculares, pero profundamente destructiva. En este terreno, México ha sido históricamente un espacio de disputa silenciosa, precisamente porque su estabilidad resulta estratégica para el orden regional.
Trump, no es más que un síntoma de un imperio en tensión. Trump no representa la fortaleza del poder estadounidense, representa su crisis. Su retórica agresiva, su nostalgia por la fuerza militar y su desprecio por los equilibrios institucionales son signos de un sistema que ya no puede gobernar únicamente por consenso económico y legitimidad moral.
Si Trump llegara a intentar una agresión directa contra México, no lo haría desde una posición de control, lo haría desde la desesperación política, y al hacerlo, chocaría con los intereses económicos que sostienen a Estados Unidos, con sus propias instituciones y con una opinión pública cansada de guerras interminables. Podría costarle a Estados Unidos una crisis interna mayor que la de Vietnam en términos políticos, no por la magnitud militar del conflicto, sino por el colapso de credibilidad, cohesión social y estabilidad interna que implicaría. En ese sentido, Trump no sería el arquitecto de una nueva etapa imperial, sería el catalizador de su desgaste.
El trasfondo decisivo: dólar, comercio y autonomía silenciosa. Aquí se encuentra el núcleo más profundo del conflicto contemporáneo. El poder estadounidense descansa en su ejército, y sobre todo en el hecho de que el mundo necesita dólares para funcionar. Lo irónico es que, este monopolio comienza a erosionarse. China y Rusia llevan años diversificando su comercio bilateral fuera del dólar mediante monedas locales, sistemas de compensación y mecanismos financieros alternativos. No se trata de un gesto ideológico, se trata de supervivencia estratégica.
México no está rompiendo con el dólar ni encabezando una rebelión monetaria. Su economía sigue profundamente integrada a la estadounidense. Pero sí está haciendo algo más inteligente y más peligroso para el orden imperial: diversificar de manera preventiva. Explorar acuerdos en monedas locales, ampliar relaciones comerciales con Asia y América Latina, y reducir dependencias sin declararlo abiertamente.
La desdolarización no es un evento abrupto; es un proceso lento. El dólar no cae mañana, pero deja de ser indispensable. Y cuando una moneda deja de ser indispensable, el poder que la sostiene comienza a debilitarse. Cada transacción fuera del dólar es un pequeño desplazamiento del centro de gravedad del sistema global, y… México ya no se somete
Lo que realmente inquieta al poder imperial no es México como territorio, es México como sujeto político. Un país que habla de soberanía sin pedir permiso, que diversifica sin provocar, que resiste sin estridencias y que mantiene serenidad estratégica resulta mucho más difícil de disciplinar que uno que confronta abiertamente. México no desafía al imperio con gestos grandilocuentes; lo hace con autonomía silenciosa. Y esa forma de resistencia, paciente y racional, es profundamente subversiva para un sistema acostumbrado a la obediencia.
Trump puede amenazar. El imperio puede presionar. Pero una invasión directa a México no es el escenario más probable porque implicaría un costo que Estados Unidos ya no puede pagar. La verdadera disputa no es militar, es estructural: se libra en el terreno del comercio, de la moneda, de la narrativa y de la soberanía.
Y en ese terreno, México ya no es un país que agacha la cabeza.
Es un país que sabe quién es.

