Por: Ana María Garduño
Donald Trump volvió a ofender a México hace unos días, hablándonos como si fuéramos un inquilino tolerado en una esquina de “su” terreno. Y cuando parecía que la respuesta diplomática debía ser contenida y fría, Claudia Sheinbaum decidió hacer exactamente lo contrario: responder con cirugía histórica, con estrategia jurídica y con una contundencia que ni Trump ni Washington esperaban.
Lo que ella mostró en su mañanera no fue un mapa cualquiera. Fue una pieza elegida con la precisión de un abogado internacional y con la profundidad de una historiadora: el mapa de México de 1846–1848, es decir, la última fotografía cartográfica antes de la invasión estadounidense y antes del Tratado de Guadalupe Hidalgo. Un documento previo a cualquier ocupación, previo a cualquier imposición territorial, previo al despojo.
Un mapa anterior a la entrada de tropas norteamericanas en la capital de nuestro país, sellado con firmas, dataciones, bordes y procedencias que lo hacen jurídicamente sólido. Ese detalle es clave: en cualquier tribunal internacional, un mapa previo a la ocupación militar tiene un peso devastador. Pero Sheinbaum no se limitó a mostrarlo, lo convirtió en el eje de una posible estrategia internacional que nadie vio venir.
El mensaje oculto de Claudia para Trump y para Washington. Al presentar el mapa, Sheinbaum abrió un expediente técnico con tres armas demoledoras:
• Testimonios de historiadores que acreditan la situación real previa a la invasión.
• Análisis contemporáneos de derecho internacional, que establecen claramente que un tratado firmado bajo ocupación militar es jurídicamente cuestionable.
• Referencias a archivos desclasificados de Estados Unidos, liberados en los últimos 20 años, que confirman de forma explícita que durante la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo las tropas estadounidenses ocupaban la Ciudad de México.
Para cualquier abogado internacional, esto es dinamita pura, porque un tratado firmado mientras una potencia extranjera mantiene la capital del otro país bajo ocupación militar no es válido. No lo era en el siglo XIX y mucho menos lo es bajo los principios universales actuales:
Ningún acuerdo es legítimo si se obtiene bajo coacción.
Con ese gesto magistral, Sheinbaum no habló del pasado. Activó un puente jurídico entre un hecho histórico y un principio vigente del derecho internacional moderno. Cuando Trump habla con bravuconería; ella responde con herramientas del Tribunal de La Haya.
Este golpe moral e histórico es imposible de contrarrestar. Estados Unidos puede intentar argumentar que:
• el tratado es antiguo,
• forma parte del orden existente,
• no debe revocarse.
Pero los argumentos se le derrumbarían en las manos. Porque si Washington exige al mundo respeto al derecho internacional: en Medio Oriente, en Europa, en África, donde sea, no puede ignorarlo en su propio continente. Esto destruiría su autoridad moral (que sólo quedan migajas) y lo colocaría en una contradicción insalvable.
Este es el verdadero Armagedón diplomático de Sheinbaum:
mostrarles que el único argumento que les queda es decir que los principios universales sólo aplican cuando a ellos les conviene. Eso, para un Hegemón, es veneno.
Y entonces Rusia entró a escena. El movimiento mexicano tuvo un eco inmediato, y aprovechando la coyuntura y el debate global, lanzó un mensaje diplomático tan calculado como incendiario:
• Si Estados Unidos exige devolver territorios en otros conflictos, debería empezar por devolverle a México los territorios arrebatados en 1848.
Fue el golpe final de un país, que le encantaría que México le abriera la puerta.
Este mapa que desnudó al Imperio cuando Trump quiso humillar al pueblo de México, Sheinbaum lo utilizó colocando sobre la mesa el documento que más teme Estados Unidos: la evidencia de que los principios que exige al mundo también lo alcanzan a él.
Un mapa de 1846–1848, sacado con aparente inocencia en una mañanera, se convirtió en una pieza estratégica capaz de encender un debate continental sobre legitimidad, coacción y territorio.
Y lo más importante:
por primera vez en mucho tiempo, México no respondió desde la sumisión, contestó desde la memoria, la dignidad y el derecho internacional.
Ese mapa no fue un gesto.
Fue una advertencia elegante, devastadora
y profundamente necesaria.
