El gran muro invisible: García Harfuch, el freno que aterra al psicópata de Washington

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Por: Ana María Garduño

México se encuentra en una etapa de transformación, aferrado a la defensa de su soberanía y al enfrentamiento abierto contra la injerencia extranjera. Cuando el gigante del norte grita “intervención”, es porque ha perdido el control del tablero que creía disponer. Y en ese tablero se encuentra una pieza inesperada: Omar García Harfuch como secretario de Seguridad y Protección Ciudadana se ha convertido en una pieza estratégica y simbólica. Sus resultados, más que estadísticos; son una recuperación del principio de soberanía que durante décadas fue vulnerado por las agencias extranjeras y los intereses corporativos del norte. Washington le teme, porque su trabajo erosiona la narrativa que justifique, la invasión “ayuda” o control norteamericano. Este hombre desde dentro ha logrado—al menos parcialmente—cerrar las entradas, romper los esquemas, golpear las redes que conectan al crimen organizado con el caos exportado.

García Harfuch no es un policía cualquiera, es el destructor de rutas: rutas de drogas, rutas de armas, rutas de dominación. Washington depende de poros abiertos: de fronteras permeables, de complicidades oscuras, de terror creciente que justifique “ayudas”, “misiones” o “operaciones conjuntas”. García Harfuch representa lo contrario: es un muro que contiene, y ataca la infraestructura del caos. Sus resultados imprimen la palabra soberanía en un contexto donde el imperio quiere exportar su guerra. Al reducir la violencia, debilita el argumento del colapso estatal que el vecino glorifica para justificar su intervención. Esa es la razón del temor: porque cuando México ya no es tierra de impunidad ni pasillo del narcotráfico hacia el norte, el imperio pierde su chancleta para pisar nuestro suelo.

Estos logros han traído una respuesta brutal, desde la llegada del nuevo embajador estadounidense: un exmilitar, boina verde de operaciones especiales; más soldado que diplomático, con él, las sombras del intervencionismo han vuelto a cruzar nuestras fronteras. No es casualidad. La historia de México ya conoce el rostro de este hombre que finge amistad mientras afila sus garras. Es tan evidente el modus operandi de este patrón tan inquietante: el asesinato sistemático de funcionarios locales, alcaldes, mandos policiacos y operadores del Estado. En paralelo, el reclutamiento de menores de edad para incendiar instalaciones, crear vandalismo, o ejecutar crímenes. Este reclutamiento se ha incrementado dramáticamente, para ejecutar sus tenebroso planes que no van a terminar, porque es apenas el principio de la tarea de este sujeto en México. Esta presencia, tan cobardemente camuflajeada, ha envalentonado a la derecha mexicana, incentivando acciones y discursos que buscan socavar la soberanía nacional en un momento histórico de redefinición política y judicial para el país. “El pueblo exige acción: no más tolerancia a la difamación interna ni a la agresión foránea.

La Presidenta, ha depositado en García Harfuch la responsabilidad de proteger el país. Pero este encargo en manos de una sola figura, lo convierte en el hombre de los golpes, cuando debe ser la resistencia institucional a la avanzada del caos. Porque cuando la carga es en extremo pesada y el muro que se construye no se cuida, las grietas aparecen y el gigante vuelve a la carga. No pido autoritarismo, pido dignidad y autoridad moral, que el Estado, representado por Claudia Sheinbaum Pardo, no se deje aplastar ni insultar impunemente, que se ponga un alto jurídico y ético a quienes difaman, manipulan y degradan al país y a su presidenta. Que deje de lado la permisividad que alimenta la impunidad. Con decisión firme: inicie protocolos claros para proteger a funcionarios y testigos; investigación de cada homicidio político sea expedita; que se desarticulen las redes que reclutan y usan a menores de edad; que fortalezca sus canales de comunicación pública y desenmascare las campañas de desinformación. Sólo así México recuperará el respeto que merecemos —como nación, como pueblo, como hermanos latinoamericanos— y el muro invisible que hoy resiste no quedará solo: será sostenido por el Estado, la ley y la ciudadanía.”

México, se encuentra al borde del fuego: debe defender la verdad y a su juventud: Al reforzar su política de seguridad con una defensa activa del Estado de derecho, fortalece sus instituciones sin ceder a la manipulación internacional. Hoy, los ataques mediáticos y políticos contra la presidenta Claudia Sheinbaum se multiplican: intentan vincularla, sin prueba alguna, con el narcotráfico. Es el mismo guion que Estados Unidos ha utilizado en otros países latinoamericanos antes de ejecutar sus intervenciones encubiertas. Ahora el ataque se viene en contra de nuestros jóvenes. Resulta indispensable desenmascarar a las asociaciones, grupos políticos y actores que —con infinito descaro— hacen un llamado público al reclutamiento de jóvenes bajo la falsa identidad de la llamada “Generación Z”. Este disfraz pretende seducirlos con un discurso de rebeldía y “acción colectiva”, cuando en realidad los están empujando hacia una trampa violenta. Es imprescindible actuar con urgencia para evitar que los jóvenes acudan este 15 de noviembre, al llamado de la marcha al Zócalo de la Ciudad de México, bajo la consigna de incendiar Palacio Nacional. Debe impedirse a toda costa su participación, o que acudan a esta cita mortal, que podría terminar en una tragedia peor que la del 68. Estos grupos, en su perversión y desprecio por la vida, no se detendrán hasta conseguir la masacre que buscan provocar.

La presidenta Claudia Sheinbaum no puede —ni debe— permitir que esta campaña de odio y manipulación siga creciendo impunemente. La difamación es un delito, y su permisividad ha alimentado una espiral de insultos y desinformación que daña no solo al funcionario, sino al prestigio y la legitimidad del propio gobierno que encabeza. Es momento de ejercer autoridad moral y política: poner un alto a los difamadores que lucran con la mentira, blindar la verdad institucional y proteger a quienes sostienen con hechos la seguridad del país. Debe fortalecer a Omar García Harfuch, quien blinda esta transformación: el nuevo orden que enfrenta a los poderes que por décadas desangraron a México con complicidad judicial, mediática y extranjera. El pueblo los respaldará, porque ya no tolera las campañas sucias ni el cinismo de quienes, desde su impunidad, pretenden derribar a quienes sirven con honor.

En este momento decisivo para la nación, sólo existe una ruta posible: poner fin al silencio, ejercer el poder con firmeza y recordar que la firmeza del pueblo de México los respalda. No podemos permitir que la desinformación erosione la confianza pública ni que justifique futuras presiones o invasiones. La libertad de expresión no puede convertirse en licencia para la calumnia ni en instrumento de desestabilización. Difamar a las instituciones o a sus representantes con falsedades debilita la democracia y daña la confianza ciudadana. No se trata de silenciar voces, se trata de defender la verdad y el respeto mutuo. La Presidenta debe ser respaldada por la ley y por su pueblo. El Estado no puede quedar en manos de un solo hombre, ni un solo hombre cargar con toda la guerra. Es hora de que la justicia y la serenidad institucional respondan con firmeza, a la altura de la dignidad nacional.

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