La Serenidad Frente al Imperio: el mensaje de López Obrador que ancla a México en su dignidad

Difundir

Por: Ana María Garduño

El mensaje de Andrés Manuel López Obrador no es una irrupción intempestiva ni un gesto de protagonismo tardío: es una intervención ética en el momento exacto. Habla desde el retiro, sí, pero también desde una autoridad que no se disolvió con el cargo. AMLO aparece cuando el orden internacional muestra su rostro más crudo y recuerda algo esencial: la fuerza sin derecho no es liderazgo, es tiranía. Al invocar a Bolívar, a Lincoln y a Juárez, no recurre por nostalgia, evoca a una genealogía moral que une a América en su aspiración más alta: la libertad con dignidad, no a la imposición con prepotencia.

Lejos de llamar a la confrontación, el mensaje está cuidadosamente construido para desactivar la lógica bélica. Cuando le pide a Trump “mandar al carajo a los halcones”, no lo provoca: le advierte. Le recuerda que los impulsos belicistas suelen vender triunfos inmediatos que se convierten en derrotas históricas. Esta no es una voz débil ni tibia; es la voz de quien entiende el tiempo largo de la política, donde la imposición suele fracasar y la prudencia, aunque menos espectacular, es la única que evita tragedias irreversibles.

El respaldo explícito a la presidenta Claudia Sheinbaum cumple una función crucial: cerrar filas, no abrir grietas. AMLO no habla por encima del gobierno ni desde una supuesta autoridad paralela; habla para fortalecer la institucionalidad mexicana y afirmar que la defensa de la soberanía no es un gesto individual, que es un proyecto colectivo. Al asumirse mexicano y latinoamericano a la vez, recuerda que México no está aislado ni solo, pero tampoco subordinado. Es un mensaje de cohesión nacional en un momento en que las potencias apuestan a la fragmentación interna de los países que incomodan.

La referencia al “secuestro” del presidente venezolano y a la prepotencia internacional no busca encender al pueblo, invoca al despertar de su conciencia sin empujarlo al abismo de la violencia. López Obrador no convoca a la ira; convoca a la memoria. Advierte que cuando se normaliza la imposición, ningún país está a salvo, pero también sugiere, sin decirlo explícitamente, que la respuesta no puede ser el caos interno ni la ruptura social. Su mensaje es una defensa del pacifismo activo: firme en principios, prudente en formas, inquebrantable en dignidad.

El cierre con Juárez: “el respeto al derecho ajeno es la paz”, no es una consigna vieja: es una brújula. En medio del ruido, López Obrador ofrece calma sin resignación y esperanza sin ingenuidad. Le dice al pueblo de México que no todo se resuelve con gritos ni con balas, que la verdadera fortaleza está en la legitimidad moral, en la unidad y en la conciencia histórica que la Cuarta Transformación ayudó a sembrar. Su mensaje no anuncia miedo ni derrota. Anuncia dignidad. Anuncia memoria. Anuncia la serenidad profunda de un país que sabe quién es, que reconoce su historia y que no va a traicionarse reaccionando con odio o violencia. México no responde desde el miedo: responde desde la conciencia. Y un pueblo consciente, unido y en paz es una fuerza que ningún imperio logra doblegar.

Andrés Manuel López Obrador no fue tibio. Fue, y es, una anomalía histórica en un continente acostumbrado a que los cambios se paguen con sangre. Logró lo que muchos creyeron imposible: transformar profundamente a México sin incendiarlo, sin fracturarlo, sin romper un solo vidrio. Mientras otros confundieron la fuerza con el estruendo, él eligió la persistencia; mientras algunos exigían violencia, él sembró conciencia. Y esa decisión, incomprendida por quienes sólo saben gritar, es hoy uno de los mayores actos de soberanía que ha vivido nuestro país.

La Cuarta Transformación no se impuso con fusiles ni decretos de excepción. Se construyó día a día, palabra a palabra, frente a un pueblo al que durante años se le negó la verdad. Las mañaneras no fueron propaganda: fueron escuela cívica, pedagogía política, ejercicio cotidiano de dignidad pública. Por primera vez, el poder se explicó a sí mismo ante el pueblo. Se habló de historia, de presupuesto, de corrupción, de soberanía. Se le devolvió al ciudadano la capacidad de entender y juzgar. México dejó de ser un país infantilizado para convertirse en un pueblo crítico, despierto, con memoria.

Por eso resulta insultante, y profundamente miope, que algunos comentaristas llamen “tibio” a quien recuperó la dignidad nacional sin recurrir a la violencia. Tibio no es quien evita la guerra; tibio es quien jamás logró cambiar nada y hoy exige sangre ajena para sentirse valiente. López Obrador entendió algo que los incendiarios ignoran: la violencia sin poder real no libera, destruye; la dignidad sin estridencia, en cambio, permanece.

La Doctrina Estrada, tan vilipendiada por quienes ansían choques frontales, no es cobardía ni sumisión. Es una lección aprendida a golpes por un país que sabe lo que cuesta levantar la voz sin respaldo suficiente. La no intervención no es silencio: es una forma de defensa que protege a México de ser arrastrado al terreno donde los imperios siempre ganan. Obrador no se arrodilló ante nadie, pero tampoco entregó a su pueblo como carne de cañón para satisfacer egos ideológicos.

Hoy, cuando el imperio vuelve a mostrar los dientes y amenaza con tutelajes, sanciones y narrativas de “Estado fallido”, México no necesita gritos ni violencia interna. Necesita exactamente lo que la Cuarta Transformación dejó como herencia: cohesión social, conciencia política y orgullo nacional. Un pueblo que sabe quién es, de dónde viene y qué no está dispuesto a perder.

Defenderse también es elegir cómo se participa en el mundo. Y aquí entra una verdad incómoda pero esencial: Estados Unidos no domina sólo con ejércitos; domina porque el mundo sigue usando su moneda. El dólar no es sólo un medio de intercambio, es un instrumento de poder. Cada transacción obligada, cada reserva impuesta, cada sanción financiera, es una forma silenciosa de subordinación.

Por eso, reducir la dependencia del dólar no es un capricho ideológico ni una provocación: es una estrategia de dignidad. Diversificar monedas, fortalecer el comercio regional, construir alternativas financieras, es defender la soberanía sin disparar una bala. Es debilitar al agresor en el tiempo largo, sin regalarle el pretexto de la violencia inmediata.

México no necesita odiar para defenderse. Necesita pensar, organizarse y recordar. La Cuarta Transformación demostró que el cambio profundo puede ser pacífico, que la dignidad no necesita sangre y que la verdadera fuerza de un país no está en la furia, está en la conciencia de su pueblo.

Y eso, precisamente eso, es lo que más teme cualquier imperio.

Previous post Soberanía Bajo Presión una Advertencia para el Mundo: cuando la acusación sustituye a la prueba
Next post La Serenidad Frente al Imperio: el mensaje de López Obrador que ancla a México en su dignidad

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *