Por: Ana María Garduño
Hoy reapareció López Obrador. Y no regresó como un político jubilado: regresó como el profesor emérito de la conciencia nacional para hablarnos de su libro Grandeza, donde describe al México profundo, la historia cultural de México; la primera columna de su legado, y al humanismo mexicano, la fecunda historia política de nuestro país; su segunda columna.
Al mirar de nuevo su figura, ahora más reposada y tranquila, queda claro algo que sus adversarios jamás entendieron: López Obrador no gobernó desde el cargo, gobernó desde la convicción. Para él, la Presidencia y las mañaneras fueron un vehículo pedagógico, un aula nacional desde la cual transmitía su legado completo, estructurado en tres grandes columnas: historia cultural, humanismo y administración pública de México.
Hoy, sin cargo, sin escoltas y sin poder formal, su palabra sigue teniendo peso. Su pueblo sigue escuchando. México lo extraña, pero aprendió a caminar solo.
El pueblo celebró su reaparición con gran cariño, con un inmenso reconocimiento: lo consideran el arquitecto emocional y moral de una nueva ciudadanía. Y también porque entendieron algo profundo: López Obrador no regresó para ocupar espacios ni para influir en las decisiones de gobierno. Simplemente volvió para decir:
“Cumplí. Y aquí sigo, pero desde otro sitio.”
Este gesto distingue a un caudillo de un estadista. El caudillo quiere regresar siempre. El estadista sabe cuándo retirarse… y cuándo hablar. Su reaparición no fue un acto político. Fue un acto pedagógico, afectivo y silencioso que reafirmó una verdad esencial: México ya cambió de raíz.
Durante seis años, México no sólo tuvo un presidente. Tuvo un maestro. Un maestro que:
• convirtió la administración pública en conocimiento común;
• explicó números, decisiones y responsabilidades;
• detalló el funcionamiento del Estado;
• narró la historia;
• reveló vicios y desmontó mitos;
y politizó, en el sentido más elevado del término, a un país que siempre había sido mantenido en la ignorancia para poder ser manipulado.
El presidente más amado del mundo regaló una carrera profesional al pueblo de México, que día a día lo siguió en las mañaneras por casi seis años, quedando certificados en la politización consciente de una nación:
• Las mañaneras fueron un aula.
• El pueblo, los estudiantes.
• La nación, el libro abierto.
Hoy el pueblo mexicano es otro. Es un pueblo que ya entiende cómo se diseña el presupuesto anual; que ya sabe cómo operan PEMEX, CFE, las aduanas, la seguridad pública y los programas sociales; que distingue cuándo una noticia es verdadera y cuándo es manipulación; que reconoce los intereses privados disfrazados de opinión pública. Es un pueblo que aprendió a ver el mapa completo.
Su regreso, aunque breve y sencillo, resuena tan fuerte: porque no habla un político retirado, habla el fundador cultural de un nuevo México. Él ya entregó el timón. Su misión ahora es la palabra, la filosofía, el testimonio, la escritura. Y desde ese otro lugar, desde ese retiro honesto, desde ese silencio fértil, sigue acompañando a su pueblo.
Pero lo más importante ocurre del otro lado: el pueblo ya no necesita que lo guíen cada día, porque ya fue formado. Ya tiene criterio. Ya tiene memoria. Ya posee la madurez política para defender lo que construyó, para apoyar a su presidenta Claudia Sheinbaum Pardo y a la Cuarta Transformación.
López Obrador volvió hoy no para dirigir, volvió para confirmar algo esencial: que su obra más profunda no está en los edificios, ni en los programas, ni en las cifras… que está en la conciencia despierta de millones de mexicanos que jamás volverán a aceptar un país de privilegios, corrupción y engaños.
La Grandeza que anuncia en su libro no es la suya.
Es la del México profundo.
Y esa realidad, ya nadie se la puede quitar.
