Por: Ana María Garduño
México atraviesa uno de los momentos más complejos y decisivos de su historia moderna. A medida que consolida su autonomía energética, fortalece su sistema judicial y consolida una estrategia de seguridad con inteligencia propia, se enfrenta también a un asedio de dimensiones múltiples: mediático, político y social.
La independencia —cuando es real— desquicia a los imperios.
Durante décadas, Estados Unidos controló las rutas de la energía, la inteligencia y la justicia mexicana mediante convenios opacos, presiones económicas y un entramado de “cooperación” que operaba como colonización silenciosa. Hoy, ese modelo se ha roto: México produce, decide y resguarda información estratégica con soberanía.
Y el resultado ha sido previsible: irritación en Washington, campañas de desinformación y una oleada de provocaciones que buscan quebrar el orden interno de México.
El control de la inteligencia de nuestro país—cerrado ya a las agencias extranjeras— marca un antes y un después. Con centros de análisis propios, México ha golpeado al crimen organizado sin depender de supervisión extranjera. Los avances en decomisos, detenciones y reducción de homicidios son prueba de ello. La seguridad mexicana volvió a tener brújula nacional.
En paralelo, la justicia se fortalece. Con la creación de un Tribunal de Disciplina Judicial y la independencia de magistrados y ministros, el sistema dejó de ser una pieza de ajedrez para intereses trasnacionales. Hoy, el derecho mexicano se limpia de su antiguo tutelaje.
Y la energía… la raíz de todo. Desde la reforma energética del 2025 que blindó el litio para los mexicanos y recuperó el control del petróleo, México volvió a tocar el nervio económico del continente. El llamado huachicol fiscal, ese robo de combustible impulsado por trasnacionales con sede en Estados Unidos, ha sido frenado y exhibido. No extraña que el enojo crezca del otro lado del río Bravo.
Pero el golpe más reciente viene disfrazado de protesta. Desde hace días se convoca a una marcha nacional para el 15 de noviembre, impulsada por grupos que se presentan como espontáneos pero que reúnen a viejos actores del PRI, de la derecha rancia y tradicional, algunos vinculados con intereses extranjeros y con campañas digitales dirigidas a los jóvenes. La chispa fue la muerte de Carlos Manzo, convertida en símbolo mediático. Las redes se llenaron de llamados a la rabia, mientras grupos violentos y jóvenes encapuchados, tomaron las calles disfrazados de manifestantes: saquearon, destruyendo monumentos, mostrando una rabia infinita cuando quemaron el palacio de Gobierno de Michoacán. La coincidencia no es inocente: cada paso busca generar una crisis que justifique el caos. A esto se le llama guerra híbrida.
En este tablero aparece también el contexto estadounidense. Figuras como Donald Trump, procesado y condenado en 2024 por falsificación de registros comerciales, representan la cara de una política cada vez más agresiva hacia los países soberanos. Cuando la crisis interna asfixia a su sistema, Estados Unidos exporta su conflicto.
El riesgo ahora no es sólo político: es histórico. Si México cae en la trampa del caos, si la violencia domina la narrativa, este 15 de noviembre en el Zócalo capitalino, se detendrá un proceso de independencia que ha costado demasiado al pueblo de México construir. Por eso, este llamado no es de miedo, es de conciencia. Que los jóvenes no sean carne de provocación. Que las causas legítimas no se confundan con los intereses del enemigo. Defender la paz, hoy, es defender la soberanía de nuestro país.
