No es Historia es Presente: los estertores del imperio que no se detiene y no se detendrá hasta caer

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Por: Ana María Garduño.

Estados Unidos no es una nación que se expande: es una nación que devora. Su historia no avanza por etapas morales, avanza por ciclos de hambre. Cuando termina una guerra, ya está preparando la siguiente o tiene varios frentes abiertos; cuando cae un país, otro aparece en la mira. No conoce la saciedad. Desde el exterminio indígena y la esclavitud africana hasta las guerras híbridas del siglo XXI, el patrón es idéntico: apropiarse de tierra, recursos, rutas, mano de obra y poder, sin importar el costo humano. El tiempo pasa, los discursos cambian, pero la lógica permanece intacta. Nunca se sacia. No importa cuántos territorios haya tomado, cuántas economías haya sometido ni cuántos pueblos haya dejado rotos a su paso; el hambre siempre regresa.

El discurso siempre cambia: democracia, seguridad, derechos humanos, pero el objetivo es el mismo de siempre: controlar recursos, rutas, gobiernos y conciencias. El caníbal no descansa. Sólo afila los dientes. Las estrellas de su bandera no simbolizan unión ni libertad: Son trofeos cosidos sobre tela. Estrellas que crecieron al ritmo del despojo: primero contra los pueblos originarios, luego contra territorios vecinos, después contra islas, continentes y gobiernos enteros. La bandera no ondea: avanza. Y cuando ya no puede sumar estrellas formales, suma bases militares, gobiernos títeres, sanciones económicas, golpes de Estado y guerras delegadas. El imperio ya no siempre anexa: controla sin declarar. Qué significan las estrellas de la bandera de Estados Unidos, oficialmente representan los estados de la Unión. Hoy son 50 estrellas porque Estados Unidos tiene 50 estados. Pero históricamente, esas estrellas no nacieron de la unión pacífica, nacieron de la invasión territorial. Cada estrella marca un territorio incorporado al proyecto estadounidense. Y ningún estado llegó por simple acuerdo moral: Llegaron por guerra (Texas, California, Nuevo México, Arizona). Por despojo a pueblos indígenas (prácticamente todos). Por anexión forzada (Hawái). Por compra bajo presión o amenaza (Luisiana, Florida, Alaska). Por ocupación militar previa.

Las estrellas crecen al ritmo de la voracidad del imperio. No simbolizan libertad: simbolizan coacción, delatan un mapa del hambre: La bandera empezó con 13 estrellas: las colonias originales. Cada vez que el país avanzaba sobre nuevas tierras, añadía una estrella. No fue un gesto poético. Fue una declaración política: “Este territorio ya es nuestro.” Por eso no hay estrellas para Puerto Rico o Guam: son territorios dominados sin derecho a soberanía plena. El imperio decide quién merece estrella y quién sólo obediencia. La estrella como trofeo. En la práctica, cada estrella es: un pueblo desplazado, un tratado roto, una frontera empujada, una identidad borrada. Cuando ya no pudieron sumar estrellas formales, sumaron bases militares, gobiernos subordinados y economías capturadas. La bandera dejó de crecer en tela, pero el imperio siguió creciendo en control. Las estrellas no representan unión: representan conquista. Y cuando ya no caben más estrellas, el hambre no se detiene… sólo cambia de forma.

En el siglo XIX. robaron territorios, traicionaron tratados. Más tarde cruzó fronteras: Filipinas fue masacrada cuando intentó gobernarse; Hawái fue robado mediante golpe de Estado; Panamá fue partido para asegurar un canal; Cuba fue encadenada con la Enmienda Platt; Puerto Rico quedó atrapado en una colonia sin nombre ni soberanía. Haití y República Dominicana convertidas en protectorados armados. Todo antes de que el mundo hablara siquiera de derechos humanos. En Guatemala, derribaron al gobierno de Jacobo Árbenz en 1954 por afectar los intereses de la United Fruit Company y quedó ocupada durante décadas. Un intento fallido de invasión fue Bahía de Cochinos en 1961 en Cuba. Vietnam de 1955-1975: Fracasaron en su guerra más larga, con más de 2 millones de muertos. Chile en 1973: Apoyaron el golpe de Pinochet contra Salvador Allende. En Nicaragua (1980s): Financiaron a los Contras para derrocar a los sandinistas.

Luego vino el siglo XX, y con él la industrialización de la intervención. Guatemala fue castigada de nuevo, por tocar intereses corporativos; Irán sufrió un golpe por nacionalizar su petróleo; Vietnam fue reducido a cenizas con millones de muertos; Corea quedó partida; Indonesia bañada en sangre; el Congo saqueado; Chile entregado a Pinochet; Argentina, Brasil y el Cono Sur sometidos a dictaduras; Nicaragua atacada con los Contras; Cuba asediada sin tregua; Afganistán utilizado y abandonado; Irak destruido con mentiras de armas químicas; Libia desmembrada; Siria desestabilizada. La lista no es anecdótica: es estructural e interminable. Estados Unidos ha invadido, ocupado, bombardeado, desestabilizado o intervenido directa o indirectamente a más de 70 países. Ningún imperio moderno ha alcanzado tal escala. No es defensa, no es libertad, no es seguridad: es voracidad estructural. Cuando un país se resiste, se le castiga; cuando se somete, se le exprime; cuando ya no sirve, se le abandona en ruinas. Así funciona el caníbal global.

Por eso sus estrellas no brillan: pesan. Cada una carga cadáveres, exilios, pueblos rotos y soberanías mutiladas. Y cuando ya no hay espacio para coser más estrellas, el imperio no se detiene: cambia de método. De la invasión abierta pasa a la guerra económica a los aranceles; del bombardeo al bloqueo; del soldado al algoritmo; del cañón a la narrativa. Pero el objetivo es siempre el mismo: seguir devorando. De América Latina, Asia, África: ningún rincón del planeta ha escapado a su intervención. Siempre a nombre de la libertad, claro que nunca para los pueblos sometidos, sólo para los intereses económicos que aseguraban su dominio global. En este periodo, el caníbal se enfrentó a la URSS. Usó golpes de Estado, guerras encubiertas y financiamiento de dictaduras para frenar al comunismo.

Ya entrado el siglo XXI, el Caníbal Global modernizó sus invasiones y golpes de Estado: Afganistán (2001-2021): 20 años de guerra, miles de muertos, y los talibanes volvieron al poder. Irak (2003): Derrocaron a Saddam Hussein con la mentira de las “armas de destrucción masiva”. Libia (2011): Derrocaron y asesinaron a Gaddafi, dejando el país en el caos. Venezuela, Bolivia, Ucrania: intentos de golpes y desestabilización. Y cuando las armas no eran suficientes, recurrieron a tácticas más sutiles, pero igualmente letales, perfeccionando su modelo de dominación. Ya no necesitaban conquistar con ejércitos visibles; lo hacían a través del dinero, la tecnología y el miedo. Las guerras preventivas en Irak y Afganistán no fueron cruzadas morales, han sido operaciones calculadas para asegurar recursos estratégicos. Con la maquinaria del espionaje global, vigilan a aliados y enemigos por igual, y con su control del sistema financiero internacional, imponen sanciones y destruyen economías que no se pliegan a sus designios.

Y el presente no es distinto. La voracidad vuelve a apuntar al sur. Trump, controla los mares, decide quién navega, quién comercia, quién sobrevive, y convierte al Caribe en un corredor militar bajo el pretexto antidrogas, dice que su petróleo le pertenece a Estados Unidos, mientras sus propias políticas generan muerte, migración y violencia. México es hostigado, infiltrado y responsabilizado de una violencia que no creó y que alimenta el consumo del norte; se le exige contención, sumisión y apertura mientras se le amenaza con intervenciones “humanitarias”, sanciones o tutelajes disfrazados de cooperación. Ucrania es usada como guerra proxy. África es saqueada por intermediarios. Asia es rodeada con bases. El hambre no se fue: se está sofisticando.

Por eso, ahora la militarización del mar: se vuelve control, no seguridad. La creciente militarización del Pacífico y del Atlántico por parte de Estados Unidos no responde a una preocupación humanitaria ni a una lucha genuina contra el narcotráfico. Responde a una lógica mucho más antigua y brutal: controlar rutas, recursos y decisiones soberanas. Quien domina el mar domina el comercio, la energía y la presión política. El discurso antidrogas funciona como coartada legal y mediática para justificar una presencia militar permanente que, en los hechos, convierte océanos enteros en zonas vigiladas por un solo poder. Esta estrategia permite a Estados Unidos decidir qué embarca, quién navega y qué economía respira. No es defensa: es cerco. El Caribe, el Golfo de México y el Atlántico sur se han transformado en corredores estratégicos donde la soberanía de los países ribereños queda subordinada a una autoridad que no fue elegida por ellos. El mensaje es claro: el mar también tiene dueño, y no es de quien vive en sus orillas. La aparente dureza de Estados Unidos se diluye cuando se enfrenta a potencias reales. Con China y Rusia, el tono cambia: negociación, cautela, cálculo. No porque sean moralmente superiores, es porque tienen capacidad de respuesta. Allí donde hay equilibrio de poder, el imperio modera su discurso. Donde no lo hay, despliega sanciones, amenazas y cerco militar. Esta asimetría revela la verdad del sistema: no se trata de principios, se trata de fuerza relativa. América Latina es presionada porque es vista como espacio administrable; las potencias, como límites que no conviene cruzar frontalmente.

La fractura de América Latina se expresa hoy con nombres propios. En el bloque de gobiernos alineados con Estados Unidos, la constante no es la cooperación soberana, es la obediencia estratégica. Argentina, bajo una agenda abiertamente pro-Washington, ha entregado margen de maniobra económica y diplomática a cambio de respaldo financiero y simbólico. Ecuador y Perú han aceptado la lógica de la seguridad importada, profundizando acuerdos militares y económicos que refuerzan dependencia mientras agravan conflictos internos. Chile, pese a su historia reciente de autonomía regional, se ha replegado a una prudencia que roza el silencio ante la presión imperial que devuelve la sombra de Pinochet a este pueblo. Uruguay y Paraguay sostienen un alineamiento discreto pero constante, priorizando estabilidad externa sobre integración regional. Honduras y El Salvador completan el cuadro: cooperación sin condiciones visibles, aceptación del discurso de “orden” y una política exterior que evita cualquier fricción con Washington. En conjunto, estos gobiernos no negocian desde la fuerza; administran su subordinación.

En el otro polo, los gobiernos que resisten lo hacen cada uno a su manera, conscientes del costo. Colombia, con Gustavo Petro, ha redefinido el debate al señalar la raíz del problema de las drogas en el consumo del norte y al rechazar la militarización como solución. Brasil defiende una política exterior multilateral, diversificando alianzas y protegiendo su capacidad de decisión frente a presiones comerciales y geopolíticas. Cuba mantiene una defensa histórica de su soberanía pese al asedio económico; Venezuela resiste la presión directa sobre sus recursos energéticos y la militarización de su entorno marítimo. Guyana y Surinam, en el centro de la disputa petrolera, buscan equilibrar inversión y soberanía bajo una vigilancia creciente. La Guayana Francesa, por su condición colonial, expone una verdad incómoda: el colonialismo no terminó; se institucionalizó.

El mensaje es inequívoco: alinearse trae protección; disentir, castigo. El petróleo venezolano, las rutas marítimas y la narrativa antidrogas funcionan como justificación de una presencia que busca controlar, no cooperar. En medio de esta tensión continental, México opera como bisagra. Sin estridencias y sin sumisión, Claudia Sheinbaum ha contenido las amenazas de aranceles, la retórica de invasión y el chantaje del narcotráfico, sosteniendo una cooperación firme pero no subordinada. México demuestra que es posible defender soberanía con cabeza fría, devolver responsabilidades al norte y evitar que la presión se convierta en tutela.

La división latinoamericana no es entre izquierda y derecha: es entre arrodillarse o decidir. Estados Unidos, con Trump como catalizador, vuelve a exhibir una voracidad histórica que necesita aliados dóciles y castigos ejemplares. La región decide hoy si repite la amnesia del pasado o si, país por país, elige sostener su dignidad aún bajo presión. Aquí se juega algo más que una coyuntura: se juega el derecho a existir sin permiso.

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