Palestina: el Estado traicionado por quienes recibió como hermanos

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Por: Ana María Garduño

Antes de que existiera el invento colonial llamado Israel, existía Palestina. Tierra con nombre, con historia, con pueblos, con ciudades que respiran desde hace milenios. Palestina no necesitaba ser “reconocida” por parlamentos europeos: era un país vivo, habitado, con cultura, con raíces profundas.

Y fue Palestina quien abrió sus puertas a los judíos perseguidos en Europa, quienes llegaban huyendo del horror nazi, buscando asilo y vida. Allí fueron recibidos, alimentados, abrazados. La hospitalidad árabe y palestina fue, durante décadas, un refugio. Pero ¿cómo pagaron esa solidaridad? Con la ingratitud más sangrienta de la historia: con la ocupación, con la expulsión, con el despojo y con la violencia sistemática que nunca cesa.

Hoy escuchamos a líderes europeos —incluida la presidenta de Eslovenia— pronunciar discursos encendidos en la ONU, como si acabaran de descubrir la verdad. ¡Hipócritas! Siempre lo supieron. Sabían de las aldeas arrasadas, de los campos de refugiados atacados, de la Nakba interminable. Sabían de los niños enterrados bajo los escombros, de los hospitales alcanzados, de las familias obligadas a huir una y otra vez. Sabían y callaron, porque la complicidad les convenía.

Reconocer a Palestina en 2024 o 2025 es un insulto a la memoria, porque Palestina ya existía cuando en 1948 las potencias coloniales repartieron un territorio que no les pertenecía. Reconocer ahora, cuando Gaza sangra en tiempo real, no es un acto de valentía, es un acto tardío, un intento de lavar culpas.

¿De qué sirven discursos si no hay sanciones inmediatas, si no se rompen relaciones diplomáticas con quienes cometen estas atrocidades, si no se cierran los negocios que las financian? ¿De qué sirven lágrimas falsas si se permite que Estados Unidos vete cualquier resolución en el Consejo de Seguridad? Inglaterra, Estados Unidos e Israel ni siquiera los escuchan: saben que no son más que empleados obedientes, sin dignidad ni humanismo, títeres que simulan indignarse mientras el crimen avanza.

Palestina no necesita limosnas ni condolencias. Palestina necesita justicia. Y quienes se llaman líderes del mundo, si de verdad reconocen que son cómplices, deberían estar preparados para renunciar, para enfrentar tribunales, para asumir cárcel. Porque ya no nos tragamos el teatro: la comunidad internacional tuvo más de setenta años para detener la masacre y no lo hizo.

Palestina no pide permiso para existir. Palestina existe, y resistirá, aunque el mundo hipócrita sólo ofrezca palabras.

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