Por: Ana María Garduño.
Durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador hubo una decisión política que hoy resulta imposible soslayar: los liderazgos sindicales tradicionales, empresariales y corporativos no ocuparon el centro del proyecto de la Cuarta Transformación. No fue un error de cálculo ni una omisión estratégica. Fue una convicción. Obrador no gobernó desde el reparto de cuotas ni desde la intermediación de poderes fácticos. Gobernó desde la pedagogía política. Entendió que la transformación no debía reciclar viejos esquemas de control sindical, que se debería innovar en la formación de una ciudadanía politizada, consciente y crítica, capaz de reconocer cuándo el poder deja de servir al pueblo y empieza a servirse a sí mismo. Por eso mantuvo distancia de un sindicalismo que no representaba trabajadores, representa negocios, contratos, presión territorial y privilegio. Hubo una decisión política que hoy cobra pleno sentido y que no fue accidental ni menor: los viejos liderazgos sindicales de poder no ocuparon el centro del proyecto de la Cuarta Transformación. No desfilaron en las mañaneras, ni en sus marchas o discursos, no dictaron agenda, no se convirtieron en voceros morales del movimiento. Permanecieron, en el mejor de los casos, contenidos.
López Obrador entendió algo que hoy resulta indispensable recordar: la transformación de México no se daría por reciclar intermediarios de poder, se daría por politizar conscientemente al pueblo. Su proyecto no fue corporativo; fue pedagógico. Gobernó como quien forma ciudadanía, no como quien reparte cuotas. Por eso convirtió las mañaneras en un aula nacional y al Estado en un libro abierto. Y por eso mismo desconfió del sindicalismo porque históricamente se ha comportado como empresa, como negocio o como fuerza de presión opaca. López Obrador, entendía algo esencial del viejo sistema corporativo mexicano: cuando el sindicalismo se fusiona con negocios, ostentación y control territorial, deja de ser representación laboral y se convierte en factor de riesgo político y criminal. Por eso, a diferencia de otros liderazgos sindicales históricos, incómodos pero institucionalizados, Haces fue mantenido por Obrador, a distancia. Sin tribuna privilegiada, sin centralidad discursiva y sin capacidad de condicionar la agenda presidencial.
Por qué López Obrador mantuvo a Pedro Haces fuera del corazón de la 4T, porque tenía que construir un dique para contener al sindicalismo corrupto. Algo que pocos han querido ver, pero que hoy resulta decisivo para entender las tensiones internas en Morena: el presidente mantuvo deliberadamente alejados del núcleo ético y político del obradorismo a ciertos liderazgos sindicales, aun cuando militaban formalmente en el movimiento. No fue descuido. Fue visión de Estado. AMLO entendía algo elemental y profundamente histórico: cuando un líder sindical acumula poder económico, control territorial y acceso directo a las decisiones políticas, el sindicalismo deja de representar a los trabajadores y empieza a representarse a sí mismo. López Obrador sabía que ese modelo, el del sindicalismo corporativo disfrazado de “nuevo”, reproduciría exactamente las prácticas del viejo régimen: contratos, outsourcing, intermediación, presión territorial, ostentación y captura de espacios públicos. Este dique existió durante seis años. Hoy, ese dique se ha debilitado.
El mayor riesgo de la Cuarta Transformación, no es la oposición desgastada, tampoco los medios tradicionales. Está dentro, en la tolerancia a liderazgos que reproducen prácticas del viejo régimen bajo siglas nuevas. Pedro Haces no es solo un nombre: es un modelo de poder que López Obrador decidió mantener fuera del centro por una razón profunda: Permitir que ese modelo crezca sin vigilancia, sin inteligencia profunda y sin límites políticos claros puede comprometer el futuro de Morena, del sindicalismo auténtico y del propio proyecto de transformación. Con la nueva etapa del gobierno y la reconfiguración del poder legislativo, Pedro Haces ha comenzado a ejercer su fuerza de manera abierta desde la Cámara de Diputados, amparado en dos plataformas simultáneas: por el nombramiento que le otorgó Ricardo Monreal, como
Coordinador de Operación Política en Morena y por la expansión acelerada de la CATEM, una central obrera que no ha crecido por organización de base, lo ha hecho por contratos, presión y captura de espacios económicos estratégicos. No es menor el dato: Haces se ostenta como dirigente de más de 7 millones de trabajadores, vive rodeado de lujos en un rancho de ocho hectáreas en el Ajusco y mantiene empresas en México, Estados Unidos y España. A ello se suma el poder político: La concentración es evidente. La historia reciente confirma por qué López Obrador decidió mantenerlo fuera del centro.
En el conflicto Notimex (2018-2020), se encuentran secretos del actual laboratorio político del poder, que hoy amenaza a Morena y, los intereses contradictorios que AMLO intentó contener.
¿Quién nombró a Sanjuana Martínez directora de la agencia del Estado?
El conflicto de Notimex no fue una huelga laboral ni un choque de personalidades. Fue el primer gran enfrentamiento interno dentro de la Cuarta Transformación entre dos proyectos incompatibles: el obradorismo anticorrupción y el sindicalismo corporativo reciclado, con tentáculos políticos, económicos y mediáticos. El nombramiento incómodo se dio en diciembre de 2018, el presidente Andrés Manuel López Obrador designó directamente a la periodista Sanjuana Martínez como directora general de Notimex. La intención era clara: limpiar una agencia históricamente capturada por corrupción, contratos opacos y redes sindicales clientelares. La ratificación de Sanjuana en el Senado no avanzó de inmediato. No por un vacío legal, fue porque Pedro Haces Barba, líder de la CATEM, se convirtió en un obstáculo activo.
Lo verdaderamente relevante es que Ricardo Monreal, entonces coordinador de Morena en el Senado, el15 de marzo 2019, nombró al senador Pedro Haces Barba, presidente de la Comisión de Radio, Televisión y Cinematografía de la Cámara Alta, pese a su antecedentes penales. El nombramiento fue aprobado por la Junta de Coordinación Política. Monreal le otorgó una posición estratégica dentro del aparato legislativo, desde la cual Haces podía bloquear, retrasar y presionar decisiones clave. Un cargo directamente vinculado con el ecosistema mediático del Estado, incluida Notimex. Antes de obtener esta Senaduría plurinominal al Senado de la República, fue impugnada por supuestos vínculos por negocios con el ex Gobernador de Veracruz. Gracias a una conversación grabada y difundida en varios medios de comunicación, donde hablaban el ex Gobernador de Oaxaca, José Murat, y Duarte ahora preso por varios delitos, de un depósito de 30 millones de pesos, que se le hizo con dinero proveniente del Seguro Popular; a la empresa Servicios Integrales de Seguridad, Limpieza y Mantenimiento, S.A. de C.V. (SEGLIM), propiedad de Pedro Haces. Y pese al reportaje que desató la furia y venganza de este sórdido personaje, se le otorgó la Senaduría.
Antes de ser ratificada, Sanjuana Martínez publicó un reportaje en SinEmbargo, documentado con expedientes oficiales, los antecedentes penales de Pedro Haces: donde el 28 de marzo de 1998 estuvo preso por robo de vehículo y portación de armas prohibidas de uso exclusivo del Ejército, caso número 21043/D/98, con fichaje ante la entonces PGR. También exhibido por acusaciones históricas de extorsión y venta de “protección” desde empresas de seguridad privada. Ese reportaje enfureció a Haces. La respuesta no fue pública, fue institucional: usar su poder político para retrasar la ratificación y mandar un mensaje de advertencia.
Aquí es donde entra el engranaje completo, donde los Alcalde, Monreal y Haces con el bloque sindical, determinarán este nombramiento. En ese momento, Luisa María Alcalde era secretaria del Trabajo. Su padre, Arturo Alcalde, tenía y tiene, enorme influencia en las juntas de conciliación y arbitraje y una relación política muy cercana con Ricardo Monreal. Su madre, Bertha Luján, figura histórica de la izquierda y esposa de Arturo Alcalde, influía directamente en Morena. Este triángulo: Alcalde padre, Monreal y Haces, conformaban un bloque sindical-político con intereses claros:
• control de sindicatos “nuevos”,
• expansión territorial,
• contratos colectivos,
• y captura de espacios institucionales.
Notimex se convirtió en un campo de batalla, porque Sanjuana representaba exactamente lo contrario: auditoría, limpieza y ruptura con el sindicalismo de simulación.
El nombramiento de Sanjuana fue retenido durante meses. No avanzaba porque Pedro Haces utilizaba su posición política, con el respaldo de Monreal, para frenarlo. Fue entonces cuando Martí Batres, presidente del Senado, intervino directamente. Batres entendió que no se trataba de un trámite, que era un chantaje político. Él fue quien los sentó a dialogar, forzó el encuentro entre Sanjuana Martínez y Pedro Haces y destrabó finalmente la ratificación. Así Sanjuana asumió el cargo, pero rodeada de enemigos internos. Ya como directora, Sanjuana inició auditorías, canceló contratos irregulares y denunció corrupción interna. La respuesta fue inmediata: en 2020 estalló la huelga en Notimex. Pero no fue una huelga espontánea. Fue, como muchos lo señalaron entonces, un conflicto artificial, alimentado por intereses sindicales y políticos que buscaban sacarla. Aquí surge una pregunta que sigue vigente:
¿por qué la Secretaría del Trabajo, encabezada por Luisa María Alcalde, no resolvía el conflicto?
No hay prueba directa de intervención, pero en política, como bien se dice, lo que parece, es.
Mientras tanto, un grupo duro de la 4T respaldó públicamente a Sanjuana Martínez y su combate anticorrupción: Jenaro Villamil, desde el Sistema Público de Radiodifusión, le dio respaldo abierto. Paco Ignacio Taibo II, Jesusa Rodríguez, Pedro Salmerón, Napoleón Gómez Urrutia, Martí Batres, entre otros, entendieron que en Notimex se jugaba algo más grande: el modelo de sindicalismo de la 4T. Villamil fue clave: no se desmarcó, no guardó silencio, entendió que la ofensiva contra Sanjuana era una ofensiva contra el proyecto. En contraste, Jesús Ramírez Cuevas, vocero presidencial, mantuvo una posición ambigua, esperando señales directas del Presidente. López Obrador sostuvo a Sanjuana. Bloqueó iniciativas de Haces y Monreal, como la cobranza delegada, y evitó que el sindicalismo corporativo se apoderara del corazón del gobierno. Pero no los expulsó. Los contuvo. Y ahí está la clave.
Hoy, en pleno 2025, Luisa María Alcalde es presidenta nacional de Morena. Pedro Haces ha acrecentado su poder sindical y político. Ricardo Monreal sigue siendo un operador central en la Cámara de Diputados. Y el país vive una efervescencia social y política donde sindicatos como la CATEM ya aparecen vinculados a prácticas de extorsión, como en el caso reciente en Durango. Visto en retrospectiva, Notimex fue la advertencia. El primer aviso de lo que ocurre cuando un líder sindical concentra poder político, control económico y expansión territorial: la frontera entre representación laboral y plataforma de intermediación criminal se vuelve peligrosamente delgada. AMLO lo sabía. Por eso nunca los acercó durante su mandato. Hoy, sin ese dique, la historia vuelve a tocar la puerta. El mensaje es claro: tanto AMLO como Claudia entienden el peligro.
Pero el riesgo no ha desaparecido. Al contrario, se ha desplazado. Hoy se manifiesta en la expansión territorial de la CATEM y en casos como el de Édgar “El Limones”, detenido por extorsión en La Laguna y exhibido públicamente como dirigente sindical de esa central. Fotografías, publicaciones oficiales y testimonios empresariales confirman que el sindicato fue utilizado como “charola” para actividades criminales. No se puede defender lo indefendible. Aquí está el punto neurálgico: cuando un líder sindical concentra poder político, control económico y expansión territorial, la frontera entre representación laboral y plataforma de intermediación criminal se vuelve peligrosamente delgada, aun cuando no exista, todavía, una imputación directa contra el dirigente nacional. La historia de México está llena de estos ejemplos. López Obrador lo sabía. Por eso nunca los acercó. Por eso no los hizo parte del corazón del proyecto. Por eso bloqueó sus iniciativas y toleró el conflicto de Notimex antes que entregar la agencia del Estado a intereses corporativos.
La advertencia es directa y necesaria: el mayor riesgo para Morena no está en la oposición ni en los medios tradicionales, ni en la guerra hibrida. Está dentro, en la tolerancia a liderazgos que reproducen prácticas del viejo régimen bajo siglas nuevas. Pedro Haces no es sólo un nombre. Es un modelo de poder que la Cuarta Transformación está permitiendo que esparza sus tentáculos. Permitir que ese modelo crezca comprometerá el futuro de Morena, del sindicalismo auténtico y del propio proyecto de transformación. La presidenta Claudia Sheinbaum, debe tener en claro: que el obradorismo dejó una lección nítida. El sindicalismo corporativo no se reforma desde dentro del poder; se contiene con principios, con límites y con Estado. Ignorar esta señal sería repetir la historia que la 4T prometió no repetir. El dique aún puede sostenerse. Pero sólo si se reconoce, sin simulaciones, dónde está el peligro real.
Harfuch ha reconocido públicamente algo que no puede minimizarse: las organizaciones criminales han penetrado centrales obreras en distintas regiones del país, utilizando siglas sindicales como fachada para extorsión, despojo y control territorial. Esa afirmación, por sí sola, obliga a profundizar la inteligencia, no a cerrarla. Cuando existen múltiples registros visuales, testimonios locales, denuncias empresariales y declaraciones de gobernadores que confirman una relación, el Estado no puede conformarse con un “al momento no”. La responsabilidad institucional exige ir más allá del deslinde político inmediato y seguir el rastro completo de la estructura, caiga quien caiga.

