EL RECLAMO QUE EL PUEBLO DE MÉXICO debe hacerle a Trump

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Por: Ana María Garduño

Si sabe tanto de narcos mexicanos, por qué no limpia primero el basurero de su propio país. Donald Trump presume, amenaza, se infla el pecho y jura que conoce todos los nombres, rutas, domicilios y entradas que usan los narcos para meter droga a Estados Unidos. Dice que tiene ubicados a los cárteles mexicanos, que puede intervenir cuando quiera, que su ejército está listo para actuar, como lo ha hecho en todo el mundo. Muy bien. Si tan omnipotente se siente, si tan informado está, si sus satélites y sus espías ven hasta el polvo que vuela… por qué no puede detener la distribución de drogas dentro de su propio país. Porque ahí está la verdad que jamás reconocerán: Estados Unidos es el paraíso del narco, de los distribuidores, el santuario del narcomenudeo y el verdadero centro de ganancias mundial de la industria de las drogas.

Mientras Trump amenaza a México, evade convenientemente datos devastadores: Más de 50,000 pandillas internas operan dentro de Estados Unidos, con cientos de grupos de distribución local que venden la droga a cada barrio, cada universidad, cada suburbio y hasta para varios funcionarios. El 90% de la venta final ocurre en territorio estadounidense. Y la mayor parte de ese dinero se deposita en bancos estadounidenses, que jamás son molestados ni investigados. Pero Trump no habla de ellos. No dice sus nombres. No señala sus domicilios. No amenaza con bombardear Detroit, Chicago, Phoenix, Los Ángeles o Nueva York, donde están las verdaderas redes que controlan el consumo. ¿Por qué? Porque para Estados Unidos, el negocio es perfecto:

La droga entra, se distribuye internamente, la juventud se mantiene dopada, y las ganancias multimillonarias se quedan en casa. Ah, pero a México lo acusan, lo presionan, lo insultan y lo quieren intervenir. ¿Quieren imponer el ejemplo al mundo? Que empiecen por casa. Si Trump y su gobierno son tan valientes, tan capaces, tan “anticárteles”, que empiecen en su país: Que desplieguen su ejército en las ciudades donde la distribución es abierta. Que bombardeen los laboratorios clandestinos dentro de su territorio, los barrios y ciudades donde habitan sus narcos. Que persigan a sus propios distribuidores, que no son mexicanos, ni colombianos, ni chinos: son estadounidenses blancos, afroamericanos, latinos, suburbanos, universitarios, empresarios y pandilleros de todos los colores.

Pero no lo harán. Porque eso implica un costo político. Porque implicaría enfrentar a su propio electorado. Porque eso destruiría el negocio redondo que financia campañas, bancos, corporaciones y silencios convenientes. Un país que presume moral, pero organiza festivales de drogas “legales” Evidencía su hipocresía monumental: legalizan la marihuana y otras sustancias, tiene su propia universidad de la droga, más de 32 estados donde es legal su consumo, promueven festivales para celebrar el consumo recreativo, industrializan las sustancias, multiplican sus impuestos, y después dicen que el problema es el narco mexicano.

En Estados Unidos, consumir droga es entretenimiento, es cultura y es industria. Pero importar droga es “terrorismo” y “amenaza nacional”. Conveniente, ¿verdad? México no tiene por qué cargar con la adicción de Estados Unidos. México no es el padre tutor, ni el psiquiatra de Estados Unidos. No tenemos por qué solucionar la adicción de 40 millones de consumidores estadounidenses. No tenemos por qué aceptar que nos culpen de lo que ellos mismos fomentan, legalizan, celebran y consumen como si fuera un chocolate gourmet. Y menos aún, aceptar que un matón político como Trump amenace con intervención militar cuando no es capaz de controlar el caos dentro de su propio país.

Alcemos la voz de la denuncia que golpea y desnuda la hipocresía imperial. Un reclamo directo, duro, incendiario y con la fuerza exacta de la realidad.

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