GENERACIÓN ROTA: la maquinaria que manipula a los jóvenes… y el espejo que nadie quiere mirar

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Por: Ana María Garduño

La marcha del 15 de noviembre no fue un episodio aislado, ni un arrebato espontáneo de la llamada Generación Z. Detrás de la aparentemente juvenil “indignación ciudadana” hubo operadores políticos, recursos, organizaciones y una estrategia que, según distintas voces dentro del propio gobierno, empezó meses atrás en Michoacán con el inicio de talleres juveniles de la asociación civil “Creemos México”. A partir de este encuentro, se articuló una serie de convocatorias, discursos y movilizaciones cuyo objetivo final, busca generar un estallido semejante al que hoy presiona al gobierno de Venezuela: caos mediático, desgaste institucional y un incendio simbólico que, en México, tenía un blanco evidente: el Palacio Nacional.

La derecha lo niega. Pero los nombres que se repiten en testimonios y señalamientos no son nuevos: Claudio X. González, con su aparato político-mediático; Roberto Madrazo con su latinus; líderes municipales como Mauricio Tabe; y operadores con trayectorias conocidas dentro de la oposición. Organismo de política exterior estadounidense, que han generado sospechas sobre el tipo de “activismo” que promueven. No es nuevo: la historia latinoamericana es un catálogo de injerencias envueltas en el lenguaje del cinismo.

El hilo que sale y llega de nuevo a Uruapan: tras la marcha, la violencia en la quema del palacio de Gobierno en Michoacán, los grupos vandálicos de encapuchados, el asesinato del presidente municipal Carlos Manzo Rodríguez. Las declaraciones de Grecia Quiroz, la viuda de Manzo al día siguiente de la violenta y extrema marcha del zócalo el 15 de noviembre, reavive una pregunta inquietante. ¿Tiene conexión esta red de jóvenes movilizados, políticos opositores y operadores locales con un crimen que, desde el primer momento, se percibió como un mensaje?

Manzo rechazó la protección personal federal. Depositó su confianza en policías que él mismo eligió… y terminó asesinado en plena festividad. Su “amigo”, el diputado Carlos Bautista Tafolla, emergió en abril de este año en Michoacán, como un diputado oportunista que “charoleó” prepotentemente en la comisaría su fuero para intentar liberar a los agresores y las unidades que los trasladaron al evento, donde la violencia y saña de estos jóvenes atestó el evento de Raúl Morón. Su renuncia a la bancada independiente, disfrazada de diferencias políticas con el fundador del movimiento, sólo evidenció la fractura interna del llamado Movimiento del Sombrero que lo había impulsado. Mientras construía su narrativa de lealtad al alcalde Carlos Manzo, Bautista se colocaba poco a poco en el centro del movimiento, para posteriormente capitalizar políticamente el asesinato del presidente municipal, mediante discursos incendiarios y una súbita vocación por sustituir al difunto; patrullando las calles de Apatzingán, más como espectáculo que como servicio.

Tras la muerte de Manzo, Bautista se posicionó como heredero moral del liderazgo sombrerista, multiplicando mensajes de dolor en redes mientras responsabilizaba públicamente a la presidenta y a Omar García Harfuch. Su postura victimista y calculada, transformó una tragedia en plataforma política. Bajo el discurso de la indignación, Bautista ha intentado convertir el miedo de Uruapan en una herramienta electoral, presentándose como el nuevo Manzo improvisado de la seguridad, mientras evade su propia inconsistencia: pedir paz al crimen organizado un día, y al siguiente intervenir en operativos para favorecer a agresores afines.

¿Casualidad? ¿Contexto? ¿Parte del mismo clima de desestabilización? En México, las casualidades políticas nunca son tan inocentes como parecen. Ahora los jóvenes son carne de cañón de una élite que nunca se expone, se encuentra oculta, babeante, frotándose las manos. Más allá de nombres y estrategias, lo verdaderamente grave es lo que quedó expuesto:

Los participantes que marcharon fueron usados. Algunos jóvenes gritando consignas mientras los otros, los que no eran jóvenes esos que parecían criminales pagados, delincuentes encapuchados: agreden, destruyen haciendo un uso desmedido de la violencia en el enfrentamiento, buscando una imagen: el Estado represor. Cuando esa imagen no apareció, la narrativa se volvió al revés. Hoy, esos mismos organizadores reclaman la libertad de sus “perseguidos políticos”. Amenazan a la presidencia de elevar la violencia en la próxima marcha del 20 de noviembre, si sus “estudiantes”: donde se encuentran hombres mayores de 40 años, no son liberados en un término de 48 horas. Claro tienen miedo de que no acudan sus delincuentes a la próxima marcha o sean detenidos. Responsabilizan sin pruebas a funcionarios y exigen disculpas públicas. Lo que no exigen, y eso duele… es la verdad.

Y es aquí donde la pregunta más íntima emerge con crudeza: Por qué algunos jóvenes pueden ser manipulados con tanta facilidad. La respuesta, aunque incómoda, está en las casas. No en los partidos. No en los gobiernos. No en las redes sociales. En las casas rotas. En los matrimonios que se odian en silencio, pero se exhiben perfectos en sociedad, en Facebook. En las familias donde los hijos crecen viendo mentiras normalizadas, violencia callada, humillaciones hostigantes, indiferencias profundas. En hogares donde corregir, poner límites o exigir respeto parece más difícil que rendirse al conflicto cotidiano.

Muchos jóvenes no saben defender la verdad porque nunca la vieron defendida en casa. Muchos aceptan la manipulación porque nunca conocieron la autoridad moral. Muchos buscan pertenecer a algo —aunque sea destructivo— porque crecieron sin comunidad emocional. Y sí: también hay padres que lo saben… y prefieren no verlo… y así odian y difaman.

El origen de la violencia está en la mentira íntima, en la hipocresía social, esa que presume estabilidad mientras se vive en cenizas. En el caldo de cultivo perfecto para cualquier operación política. Un joven desconectado de sí mismo, educado en la indiferencia y criado en la pantalla es fácil de mover, de usar, de poner en primera fila mientras otros, desde oficinas climatizadas, diseñan la destructiva estrategia.

Por eso duele, y es necesario decirlo. El problema no nace en la marcha. Nace en el espejo:

• Siento envidia.

• Miento.

• Soy hipócrita.

• Estoy vacío.

• Permito la violencia.

• soy asesino.

• Soy adicto

• Acepto el dinero fácil.

• Tolero lo intolerable.

• Finjo una vida que no es real.”

Nadie quiere iniciar ahí. Pero ahí empieza todo. Al romper estos ciclos, se inicia una revolución que no se decreta, se decide. La regeneración nacional no vendrá sólo de reformas, ni de cambios institucionales, ni de nuevas leyes, ni de que la policía o el gobierno contenga o no contenga a los violentos. Vendrá, si viene de algo más profundo:

• De la valentía de decir “no” dentro de casa.

• De la disciplina de educar con límites.

• De la introspección que desnuda la mentira personal.

• De incendiar al país para huir de sí mismo.

El enemigo puede financiar, articular, usar jóvenes, infiltrar tácticos, sembrar caos. Pero sólo prospera en sociedades rotas por dentro. México tiene enemigos afuera, sí. Pero el enemigo más viejo y más resistente vive en cada hogar que se acostumbra a la mentira.

Y quizá la única manera de detener la manipulación, la violencia y la desestabilización es la más simple y la más difícil:

• reconstruir la verdad en lo íntimo.

• Porque una persona o un país que se mira con honestidad es imposible de conquistar.

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