Por: Ana María Garduño.
El pueblo de México no es un pueblo desinformado. Esa es una mentira cómoda, repetida hasta el cansancio por quienes no soportan haber perdido el control del relato. México es hoy un pueblo que despertó, que aprendió a leer entre líneas, que reconoce intereses, trayectorias y trampas discursivas. Sabe a quién quiere apoyar y, sobre todo, sabe por qué. Justamente por esto, la guerra que viene no será un debate de ideas, será una operación psicológica de gran escala: cuando un pueblo deja de ser manipulable por ignorancia, se intenta dominarlo por saturación, agotamiento emocional y confusión moral. Esa es la fase en la que estamos entrando.
Durante décadas, una élite cultural y mediática operó con una comodidad que hoy resulta obscena. Escritores de prestigio, editores influyentes, líderes de opinión y empresarios de la comunicación se movían en un ecosistema donde el poder político y el poder simbólico se retroalimentaban sin fricciones. Callaron ante fraudes electorales, minimizaron la desigualdad estructural y maquillaron los abusos del viejo régimen mientras recibían contratos, publicidad oficial, premios, espacios, reconocimiento, sobre todo muchísimo dinero y poder. Aquella era su normalidad: un país profundamente desigual narrado como estabilidad, un pueblo silenciado presentado como consenso.
Ese entramado dominaba la conversación pública, también fijaba los límites de lo pensable. Desde revistas “emblemáticas”, noticieros nacionales y foros académicos, se decidía quién era demócrata y quién era peligro, qué protesta era legítima y cuál debía criminalizarse, qué proyecto merecía respaldo y cuál debía ser saboteado. Cuando el poder les pertenecía, la crítica desaparecía; cuando el voto popular rompió el guion, apareció el discurso del desastre. No era preocupación democrática: era pérdida de control.
Con la transformación política, ese bloque perdió privilegios materiales y autoridad simbólica. Y fue entonces cuando emergió el relato de la víctima. Los mismos que antes dictaban cátedra comenzaron a presentarse como perseguidos políticos; quienes nunca cuestionaron al poder autoritario se autoproclamaron defensores de la libertad; quienes se beneficiaron del neoliberalismo denunciaron de pronto, un supuesto colapso democrático. Publicaron hasta el cansancio sus manifiestos alarmistas, firmados por intelectuales orgánicos, políticos, empresarios conocidos y amplificados por los mismos medios de siempre, que jamás conectaron con una ciudadanía que ya no consume consignas envueltas en erudición vacía.
En paralelo, el gran capital inconforme mostró el mismo reflejo. Empresarios acostumbrados a no pagar impuestos, a imponer agenda y a usar sus medios como escudos personales reaccionaron con furia cuando el Estado comenzó a exigirles cuentas. Entonces aparecieron los verdaderos rostros de estas elites tan finas, que profieren hasta el hartazgo: insultos, descalificaciones ideológicas, campañas de desprestigio para destruir cualquier argumento serio. No es una defensa de la libertad económica, es la resistencia de quienes confundieron durante años privilegio con derecho adquirido.
Hoy estos bloques actúan desde la desesperación. Ya no marcan la agenda, pero intenta envenenarla. Recicla narrativas agotadas, sobreactúan el caos, magnifican errores y vuelve a instrumentalizar la violencia criminal como arma política. Las llamadas “campañas del narco” reaparecen como montaje: filtraciones sin contexto, audios dudosos, titulares diseñados para provocar pánico y reforzar la idea de un país ingobernable. No buscan explicar la realidad, buscan desestabilizar la percepción en un momento clave. Estos lectores de teleprompter, durante sexenios prianistas concentraron el poder real, operando sin pudor y sin resistencia. Fueron los grandes medios tradicionales, los columnistas estrella, los centros de análisis financiados desde el extranjero, las ONG’s alineadas a agencias internacionales y las consultoras políticas importadas quienes definieron la agenda nacional.
Ellos decidían qué era “crisis”, qué era “escándalo”, qué era “autoritarismo” y qué debía celebrarse como modernidad. Controlaban portadas, noticieros, editoriales, premios, foros académicos y el lenguaje mismo con el que se narraba al país. Cuando gobernaban sus aliados, callaban; cuando el pueblo votaba distinto, gritaban. Ese cinismo funcionó porque tenían todo el aparato: dinero, micrófonos, legitimidad fabricada, respaldo externo y presidencial.
Este dominio del uso sistemático de la violencia como recurso narrativo, lo hemos visto en todo su esplendor en las dos últimas elecciones presidenciales en México. Las llamadas campañas del narco no fueron simples coberturas periodísticas, fueron instrumentos políticos: filtraciones sin verificar, audios anónimos, “fuentes confidenciales”, mapas del horror amplificados selectivamente y la construcción deliberada de la idea de un país ingobernable. No buscaban explicar la violencia, sólo administrar el miedo. El objetivo era claro: debilitar cualquier proyecto que no obedeciera a los intereses económicos, financieros y geopolíticos que habían capturado al Estado durante décadas.
Hoy ese bloque ya no gobierna, pero no se ha ido. Está acorralado, desprestigiado y consciente de que enfrenta su última oportunidad para recuperar influencia. Por eso lo que intenta ahora es más burdo y más desesperado: reciclar viejas caras como “voces ciudadanas”, reactivar ONG’s como fachadas morales, contratar estrategas digitales especializados en desinformación, inundar redes con bots, odio y pánico, y volver a usar la violencia criminal como palanca política. Ya no hablan desde la autoridad; hablan desde la urgencia. Y aunque el pueblo hoy los reconoce y los confronta, sería un error subestimarlos: cuando pierden el poder, apuestan al caos. De ahí la importancia de mirar de frente, nombrar sin miedo y no olvidar cómo operaron cuando mandaban… para impedir que vuelvan a hacerlo desde la mentira.
El año que viene, rumbo a los procesos electorales, veremos una intensificación deliberada de estos grupos, invertirán millones de dólares en la colonización de la conciencia de los mexicanos. No llegará en forma de censura abierta ni de dictadura visible, llegará como una invasión constante de mensajes, imágenes, “escándalos”, expertos repentinos, verdades a medias y nuevas televisoras que buscarán instalar una sensación persistente: que todo está mal, que nada es confiable, que nadie merece apoyo. El objetivo no es que el pueblo cambie de opinión. El objetivo es que dude de la suya. Porque la colonización de la conciencia, buscará privatizar la moral y tercerizar la verdad, multiplicando los grupo de voces con viejos y nuevos rostros de intelectuales mediáticos, sin arraigo local, con narrativas prefabricadas que se reciclarán en medios, redes y sobremesas.
Buscarán que la verdad deje de ser una construcción colectiva basada en hechos y contexto, y se convierta en un producto subcontratado, adjudicándose el derecho exclusivo de definir qué es ético, qué es democrático y qué es aceptable pensar, jamás hablarán desde la comunidad, será desde sus voraces y cínicas televisoras, desde sus plataformas, fundaciones, micrófonos concentrados, estudios “independientes”, rankings fabricados, e informes internacionales. La manipulación ya no se limitará a la pantalla porque se saben perdidos:
• Invadirán la mesa, la conversación familiar, el descanso, el alimento.
• Cada comida será acompañada de alarma.
• Cada noticia condimentada con miedo.
• Cada silencio interpretado como complicidad.
Desde la psicología social, esto tiene un nombre: violencia cognitiva crónica. No busca un impacto único, lo que busca es un desgaste prolongado. Cuando la mente está saturada, deja de discriminar; cuando está cansada, acepta atajos; cuando está emocionalmente atacada, pierde perspectiva histórica. Aquí entran las redes coordinadas. No son espontáneas. Se activan en picos específicos, repiten consignas con ligeras variaciones, amplifican errores, exageran contradicciones y silencian logros. No dialogan: hostigan. No informan: condicionan emocionalmente. Su función no es convencer, es desorganizar la percepción. El mensaje subyacente es siempre el mismo:
• “Desconfía de todos.”
• “Todo es mentira.”
• “Mejor no te involucres.”
Y ese mensaje, repetido miles de veces, tiene un efecto político devastador: desmoviliza. Por eso es fundamental decirlo sin rodeos, debemos estar más consientes: esta estrategia no nace de la preocupación democrática, nace del miedo a un pueblo que ya no obedece automáticamente. Cuando el voto deja de ser manipulable por ignorancia, se intenta neutralizar mediante confusión inducida.
La diferencia es que hoy el pueblo los reconoce. Sus nombres, trayectorias e intereses ya no están ocultos. Sus advertencias dejaron de intimidar, sus diagnósticos ya no convencen y su nostalgia por el pasado no genera adhesión. Eso no los vuelve inofensivos. Cuando las élites pierden el control, suelen recurrir al ruido, a la confusión deliberada y al desgaste emocional como última carta para recuperar influencia.
Por eso no se trata de una opinión más en el debate público, se trata del intento final de quienes se resisten a aceptar que el país cambió. Nombrarlos, comprender cómo operaron y reconocer sus viejas tácticas forma parte de la defensa democrática. Hay algo que estos operadores del relato subestiman: la conciencia que despierta no regresa al sueño. El pueblo de México ha desarrollado anticuerpos; reconoce el tono moralizante vacío, identifica la crítica interesada y distingue entre error humano y campaña sistemática. Advertir no es alarmar: es nombrar el mecanismo para impedir que funcione.
Lo que viene será estruendo, insistente e invasivo, pero no invencible. La defensa no es el silencio ni la ingenuidad, es la conciencia crítica, la conversación informada y la pausa reflexiva frente a la avalancha mediática. Pensar sigue siendo un acto político y no toda indignación es legítima. La batalla del año entrante será electoral, mental, emocional y ética. Y México, aunque no lo acepten quienes perdieron el monopolio de la verdad, ya no es el mismo.

