Por: Ana María Garduño
I. La marcha que nació bajo una mentira: La movilización convocada supuestamente por la “Generación Z” para protestar en el Zócalo capitalino no fue, en los hechos, una marcha juvenil. La tarde del 15, en el Zócalo capitalino no estalló una marcha juvenil espontánea, ni una revuelta nacida de TikTok, ni un despertar generacional como la prensa obediente se apresuró a titular. Lo que ocurrió fue otra cosa: un ensayo general del caos, operado por viejas élites políticas extranjeras y nacionales, operadores tácticos y grupos entrenados sumamente violentos y sincronizados que aprovecharon a unos cuantos jóvenes desorientados como decoración narrativa para justificar su violencia.
Las imágenes y los testimonios recogidos en campo lo demuestran: el 90% de los asistentes eran mayores de 40 años. Políticos reciclados del PAN y PRI, empresarios dolidos por la pérdida de privilegios en su gran mayoría acompañados por sus parejas que se destacan por su agresividad y elitismo, violentos operadores territoriales acostumbrados a la impunidad judicial y funcionarios desplazados del viejo régimen. A ellos se sumaron youtubers partidistas y jóvenes cooptados por burbujas digitales cuidadosamente construidas.
Esta no fue una marcha espontánea ni generacional: fue una operación política encubierta.
II. La estética del disfraz: El anime como escudo simbólico. El uso de la imagen de One Piece no es ingenuo: la cooptación de iconografía juvenil es una táctica clásica de propaganda digital. Se envuelve la agenda violenta en una estética “inofensiva”, colorida, amigable, para atraer a adolescentes despolitizados.
Se crea la ilusión de rebeldía, cuando en realidad la estructura simbólica funciona como un caballo de Troya: desarma el sentido crítico, absorbe jóvenes sin formación política, y oculta detrás una agenda escrita por adultos con intereses económicos y electorales concretos.
El “movimiento anime” es una ingeniería emocional diseñada para camuflar tácticas de confrontación. Un barniz de caricatura sobre un aparato violento y real.
III. La violencia real. Dos marchas dentro de la marcha
1.- El bloque de la tortura: En calles laterales del zócalo, actuó el conocido bloque negro, pero esta vez su conducta cruzó un umbral nuevo con su intento de linchamiento, hacía un policía que fue golpeado hasta casi perder la vida. Sobrevivió porque dos jóvenes youtubers: Shalom Vladimir y Shaday, su hermano; intervinieron y lograron evitar el linchamiento del agenteSin esta intervención, hoy México habría amanecido con un policía muerto en una marcha política. El sadismo quedó grabado: lo sacaron de su patrulla ya destrozada por la turba, lo arrastraron, patadas en la cabeza, golpes sincronizados, gritos de “mátalo”. Gracias a los videos de estos jóvenes, el país vio algo que no había visto antes: no vandalismo… no robos… no rabia juvenil… fue la fascinación por la muerte.
2.- El frente táctico: En la plancha del Zócalo se desarrollaba una escena Delante de los policías que protegían Palacio Nacional, sin armas, sólo con escudos y tanques extintores para contener, no para atacar. Se desplegaron no los jóvenes del bloque negro. Eran unidades tácticas, entrenadas, coordinadas, violentas. hombres entrenados, sincronizados, agresivos, con liderazgo claro y sumamente agresivos. No eran los habituales encapuchados anárquicos. El líder de estos grupos: un hombre con altavoz, cuya imagen circula falsamente como símbolo épico de “resistencia”. Pero los videos lo delatan: no marchaba, dirigía los ataques, señalaba, organizaba, daba órdenes precisas para escalar la violenta confrontación: ataques con piedras, bates, machetes tubos, instruía sobre la técnica para derribar las vallas metálicas y utilizarlas como armas, arrancándolas en pedazos para finalmente lanzar los fragmentos como proyectiles a los policías. Su objetivo era evidente: romper la línea policial para ingresar a Palacio Nacional e incendiarlo. Provocando así una irrupción violenta que detonara una crisis nacional.
IV. La policía resistió. 120 policías resultaron heridos. Evitaron que decenas de hombres violentos lograran su cometido El precio fue alto, pero su dignidad, fortaleza y lealtad fue más. El operativo policial fue defensivo, no ofensivo. Este experimento del odio, claramente manipulado por laboratorios extranjeros y operadores locales.
V. La operación psicológica inmediata: El “fantasma del 68”. Horas después de la marcha, los mismos actores políticos y mediáticos que promovieron la movilización difundieron —sin evidencia, sin fuentes oficiales, sin reportes policiales; la supuesta “desaparición” de 68 jóvenes. El número “68” no es casual. Es un guiño macabro, un intento de sembrar en la opinión pública la idea de una masacre inexistente. Es manipulación psicológica pura, diseñada para incendiar redes, provocar paranoia y legitimar nuevas marchas violentas. Lo ocurrido no es aislado. Es parte de una arquitectura del caos importada:
— Siembra digital de miedo, odio y épicas falsas.
— Narrativas de desapariciones inventadas (ahora hablan de “68 jóvenes desaparecidos”, evocando 1968 sin pruebas ni denuncias oficiales).
— Uso de jóvenes como fachada emocional.
— Operadores violentos como fuerza real.
— Medios corporativos y digitales construyendo una épica heroica que no existió.
Es un guion ya visto en otros países: crear un evento gatillo, instalar la narrativa del “Estado represor”, producir mártires y precipitar una intervención más profunda, nacional o extranjera.
Antier, el guion fracasó, no quemaron Palacio. No mataron a ningún policía. No lograron romper la línea. Pero rozaron la muerte. Y eso los envalentona.
VI. La cita con la chispa: 20 de noviembre. La convocatoria inmediata ya está dada. Una “megamarcha” el 20 de noviembre, día del Desfile Militar de la Revolución Mexicana, revela la dimensión del plan. Ese día, en el Zócalo y en sus alrededores, estarán:
• El Ejército Mexicano
• La Secretaría de Marina
• La Guardia Nacional
• Unidades tácticas
• Armas, vehículos blindados, demostraciones operativas
• Miles de familias mexicanas asistiendo al desfile, con niños pequeños.
Y estos operadores de la guerra de color, ya concertaron la cita. Meter ahí a los mismos grupos violentos, a los mismos encapuchados tácticos, a los mismos agitadores que este 15 de noviembre estuvieron a centímetros de matar a un policía.
¿Qué ocurriría si un grupo violento intenta atacar a fuerzas armadas en un desfile militar? Es un escenario que ningún país del mundo permitiría. Las fuerzas armadas no están ahí para un juego político. El riesgo de confrontación fatal sería real, inmediato, incontrolable:
• Quieren empujar a México al límite.
• Quieren fabricar un punto de quiebre.
• Quieren que la generación Z no sea Z… sino generación asesina.
VII. Conclusión: El laboratorio del caos ya no es digital, ahora quiere sangre. Lo del Zócalo no fue una marcha fallida. Fue un ensayo general. Una prueba de estrés para medir:
• La capacidad policial de contención
• La reacción social
• El nivel de penetración del discurso digital
• Y la eficacia de los símbolos juveniles como camuflaje.
El peligro es que quienes orquestan este laboratorio están satisfechos. Vieron violencia. Vieron sadismo. Vieron la posibilidad de un muerto. Y ahora quieren replicarlo en un escenario infinitamente más peligroso: el 20 de noviembre, frente al Ejército.
Ese día México estará ante una línea roja histórica. Una línea que, si se cruza, podría desatar algo que jamás deberá soltarse en suelo mexicano.
El país debe saberlo.
Debe entenderlo.
Y debe decidir de qué lado está antes de que sea demasiado tarde.
