La Patología del Amo Disfrazado de Ciudadano: mentira, infiltración, violencia, odio diluido en las calles de México y sus subcategorías

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Por: Ana María Garduño.

Los síntomas principales de la Patología del Amo Disfrazado de Ciudadano, es la agresividad justificada moralmente del “lo hago por México”. Estos ciudadanos presentan un clasismo militante y un gran desprecio hacia lo popular, utilizan la mentira sistemática como herramienta política, conducta de manada porque únicamente así acuden a sus marchas para legitimar la violencia, jamás lo hacen solos. Les brota la creencia delirante de superioridad ética y legal. Están convencidos de que su visión del país es la única válida. Por qué es una patología y no sólo un comportamiento político: porque no responde a argumentos ni a la realidad, siempre responde a una estructura emocional interna, formada por su gran miedo a perder estatus; a su imposibilidad de reconocerse iguales al resto; por su nostalgia de un país jerárquico; y por una rabia profunda contra el ascenso del pueblo. La política es sólo el disfraz, el verdadero motor es la herida narcisista del amo que ya no manda.

La patología del Amo Disfrazado de Ciudadano, forzosamente se destaca por la plasticidad del privilegio. Sus rasgos son muy reveladores en su personalidad, en su relación con la apariencia. Porque cuando estos personajes acuden a las marchas que ellos mismos convocan desde las sombras, jamás lo hacen como ciudadanos comunes. Aparecen vestidos como si asistieran a una premiación, no a una protesta: trajes finos, relojes carísimos, zapatos europeos recién boleados, lentes de diseñador, gorras y sombreritos muy chics. Cada fibra de su atuendo grita estatus, distancia, superioridad. Y, su presencia es apenas un flashazo de un acto ceremonial. Posan para la foto, sonríen como si fueran líderes morales, a veces levantan un pequeñito letrero, no caminan ni les gusta sudar, simulan acompañar al “pueblo” con el cual jamás conviven de cerca. El fotógrafo de confianza les toma la fotografías en alta definición; donde aparecen impecables, pulcros, presente, democráticos, indignados. Y en cuanto la foto queda asegurada para redes sociales o medios chayoteros afines, se escabullen entre las sombras con la misma rapidez con la que llegaron. Llegan, se dejan ver… y huyen.

Nunca recorren una marcha más de una cuadra, son escapistas profesionales. Nunca gritan. Nunca arriesgan el cuerpo, para eso están sus huestes. El Amo Disfrazado de Ciudadano es demasiado “valioso”, como para mezclarse con la violencia que él mismo incendia. Deja que otros se ensucien las manos. Ellos son los brazos, el rostro perfecto para la foto. Esta teatralidad no es accidental: es estratégica. Su brevísima presencia legitima su narrativa: “la clase empresarial, política y educada también marcha”. Es un liderazgo de escaparate, títeres de las élites, del GPS emocional, de mando a distancia. Un liderazgo sin riesgo, sin responsabilidad, sin cuerpo. Y esta combinación de poder desde arriba, de violencia delegada hacia abajo, es justamente lo que convierte a este personaje en un peligro político: porque su rabia siempre la ejecuta otro, su odio siempre lo encarna otro, su guerra siempre la pelean otros. Mientras él va posando tan bello y sonriente, vestido como para un coctel, se retira antes de que la marcha siquiera cruce la primera avenida.

A la sombra del Amo, aparece la segunda categoría: El Bloque Negro Parasitado, compuesto por jóvenes, en su mayoría mujeres que se autoadscriben al feminismo radical. El llamado Bloque Negro, que en su origen internacional fue una táctica anarquista contra símbolos del poder económico, en México se ha convertido en una etiqueta ambigua donde se mezclan: jóvenes radicalizados, oportunistas, agitadores infiltrados, grupos de choque financiados, y personas que simplemente están ya tan enfermas que gozan siendo violentos. En diversas marchas se ha observado una dinámica nítida: Llegan en grupo, se colocan al frente o entre los otros grupos y esperan el momento para reventar la marcha. No buscan visibilizar una causa; buscan tomar el control visual, emocional y mediático del evento.

buscan enfrentamientos con la policía, y generan escenas de caos que luego se usan políticamente. Son el grupo de choque preferido del Amo, para desatar el caos y justificar sus narrativas de represión. Aunque una parte de este bloque está ligado a causas feministas, otra parte opera como un dispositivo de provocación: destruyen monumentos, realizan pintas en edificios y personas, rompen vidrios, pintan comercios, incendian, agreden a transeúntes, golpean a periodistas y youtubers, destrozan comercios, roban joyerías y tiendas de marca y vandalizan todo lo que encuentran a su paso a plena luz del día. Su función es doble: generar imágenes para los noticieros y permitir que la violencia del Amo Ciudadano se disfrace de “indignación generacional”. El Bloque Negro “apropiado” es la infiltración y la distorsión. Este patrón se ha visto tanto en marchas feministas como en movilizaciones políticas y sindicales, lo que demuestra que la táctica no pertenece a una causa, es una lógica de infiltración.

El “Bloque del Sicariato”, es la nueva escalada de violencia del Amo. Lo ocurrido el 15 de noviembre en el Zócalo capitalino dejó ver algo distinto. Esta categoría es la más peligrosa y, quizá, la más reveladora de que esa marcha no fue un acto espontaneo de la generación Z, y sus “aliados”. Claramente fue algo más organizado, tan violento como criminal, más preciso. Buscaban provocar una muerte. Testigos, cámaras y videos en vivo de youtubers mexicanos, coincidieron en describir un bloque de choque con características más cercanas a grupos de entrenamiento paramilitar que a manifestantes espontáneos. Este bloque de encapuchados: grito amenazas de muerte a los policías, presumieron de ir armados, Usaron objetos punzocortantes, cuchillos, machetes, bombas molotov, bates, herramientas, cuerdas super resistentes, pinzas gigantes para romper fierro, desoldadores, piedras, pedazos de fierros que convirtieron en armas mortales al desprenderlos de las bayas metálicas derribadas, que protegían Palacio Nacional.

El Bloque del Sicariato, operó con tácticas que no corresponden a la protesta civil: avanzaron en formación, cercaron objetivos, separaron personas, atacaban con precisión y luego se replegaron como células entrenadas. No llevaban pancartas. No llevaban demandas. Llevaban instrucciones. Y su función fue bastante clara: generar la violencia suficiente para que la narrativa del caos, fuera utilizada mediáticamente en sus propios medios, pero no tanto como para activar protocolos que revelaran quién realmente los dirige. Son el músculo oculto del privilegio. Utilizan ataques dirigidos y no aleatorios. Agresión directa a policías desarmados que sólo portaban escudos y extintores para protegerse y evitar que este grupo quemara Palacio Nacional. Esa embestida grupal, mostró movimientos sincronizados para dispersar y sembrar pánico. No era rabia descontrolada, fue un modus operandi para enviar un mensaje. Este fenómeno que en redes se bautizó como “El Bloque del Sicariato”, reveló un salto cualitativo: la violencia ya no es sólo simbólica o vandálica, es intimidatoria, llevaban órdenes para producir miedo político. Llevan. Su presencia sugiere que ciertos intereses fácticos utilizan las marchas como campo de ensayo para tácticas de intimidación urbana.

La parte más desconcertante del fenómeno no son los líderes en traje ni los grupos violentos. Es la transfusión emocional que ocurre entre el Amo Disfrazado de Ciudadano y quienes trabajan para él. Esta cuarta subcategoría, es un elemento que sólo el ojo entrenado logra ver: El Contagio Vertical del Privilegio. Se trata de los conocidos o amigos “pobres”, de trabajadoras y trabajadores, algunos domésticos, choferes, jardineros, asistentes, empleados de servicios: personas que no pertenecen a las élites, que no poseen negocios afectados por políticas públicas, que no han perdido nada con la transformación del país, y que acompañan a sus empleadores por obligación directa o miedo a perder su empleo o porque creen que eso les sube el nivelito económico. Ahí claramente se vé cuando el odio del amo se vuelve la voz del subordinado, ellos repiten y gritan los insultos y consignas de quienes los emplean con una convicción y odio que parece suyo, Marchan, gritan, y repiten palabra por palabra los insultos más violentos del Amo. Este contagio es resultado de la convivencia diaria con un empleador que vive la política como tragedia personal. De la trabajador que escucha todo: en la cocina, en el comedor, en el jardín, en el auto, en la empresa o en la habitación donde limpia. Absorbe la rabia ajena como clima emocional.

Es una transferencia de odio de arriba hacia abajo, es un colonialismo emocional que se manifiesta con una lealtad irracional: los subordinados defienden los privilegios de quienes jamás han defendido los suyos, ni lo harán. Ahí está el corazón del problema: la rabia del amo se convierte en el credo del empleado. Un fenómeno que sólo la enajenación de que también ellos por osmosis obtienen el status, los lleva a reproducir este comportamiento: la obediencia sentimental es utilizada como arma política. Una maquinaria emocional de un privilegio en agonía. Lo que estamos viendo en México no es una protesta tradicional, es un ecosistema compuesto por: el amo que siembre e impone emociones, este bloque ejecuta no razona ni piensa, sólo replica insultos ajenos como si fueran propios.

Es un paisaje donde la violencia no surge del descontento, surge de la organización de un privilegio que se sabe en extinción. Estas marchas no representan a la ciudadanía; representan a una minoría que utiliza el espacio público como escenario para escenificar su duelo político. Y su violencia no es ideológica: es la rabia de una clase que nunca ha sabido vivir sin sentirse por encima de los demás. México observa esta maquinaria en acción. México lo entiende. Y México no olvida ni se descuida, sabe ahora cuándo actuar.

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